Me lo hago fácil
28 de abril de 2026
Por Ángel Dehesa Christlieb
La semana pasada leía acerca de un ajolote, especie endémica del sistema lacustre del Valle de México, el cual fue hallado por una niña en un río de Gales.
¿Qué tanto tuvo que pasar para que el pequeño Dippy, como fue bautizado por la familia que lo adoptó, viajara desde las trajineras de Xochimilco hasta la tierra del kidney pie y el five o’clock tea?
Las hipótesis que mi acalorada mente (estas temperaturas no son de Dios) puede crear alrededor del viaje de Dippy, son muchas y variadas.
A lo mejor, algún estudiante nativo de la Isla de las Muñecas quiso llevarse un poco de su tierra a ultramar y, ya que estaba instalado en Oxford, AMLO y la impresentable de la Álvarez-Buylla le quitaron la beca, se tuvo que regresar y, como en el viaje de ida tuvo que llevarse al ajolote ahí donde los traficantes meten la cocaína, de tal manera que las autoridades británicas no se lo confiscaran, ya no se animó a repetir la experiencia que, ahora que lo pienso, no debe haber sido nada agradable, sobre todo para el ajolote.
Quizá algún emprendedor culinario decidió llevarse a Dippy y a algunos de sus congéneres para crear algún platillo exótico y la intrépida salamandra, cual Steve McQueen en “El gran escape”, se fugó de su prisión, pero no se fue limpio, lo cual explicaría las heridas que presentaba cuando fue encontrado por la pequeña Evie Hill.
Podría ser que algún científico, de esos que tienen laboratorios secretos y son asistidos por una persona de estatura pequeña, consciente de la sorprendente capacidad de regeneración que posee la especie de Dippy, lo alejó de sus xochimilcas lares para construir una máquina de radiaciones las cuales, al pasar por el ajolote, provocarían cambios en el humano que los recibiera y, quizá, en un futuro cercano, nos enteraremos de que, en ese mismo río de Gales, habita una criatura con aspecto humano, pero también con branquias, de color rosa y ojos saltones.
A lo mejor, un marinero o turista marítimo británico decidió llevarle a su novia un presente romántico y, mientras escuchaba música del Buki en la bocina y se comía unas quesadillas que le vendieron en su paseo por los canales, junto con un litro de horchata fabricada con jarabe Tucán, se le hizo fácil pepenarse un ajolote y guardarlo en una pecera en su camarote, pero, cuando llegó a la antigua Cymru (así se dice Gales en Galés), su chica no apreció al ajolotito, lo arrojó por el fregadero y Dippy comenzó un recorrido por las tuberías, el cual lo llevó hasta el lugar en el cual fue rescatado.
¿Qué tal que Marcelo Ebrard, quien ya nos advirtió que el libre comercio es un lujo aspiracional, recibió una llamada de su retoño, ese que se hospedó en el hostal/embajada y, además, era tan bueno que puso una “exposición” de dibujos, en la cual le pedía un ajolote para ambientar la exhibición y Marcelo, como el padre preocupado que es, le mandó al bichito por valija diplomática?
Dirán que cada una de las historias es más inverosímil que la otra.
Si piensan que vivimos en un mundo donde un violador, evasor de impuestos y especulador financiero es elegido presidente de Estados Unidos, no una, sino dos veces, o donde una señora que se dice científica, amorosa e intachable niega un derrame petrolero, sin importar que el mar se llene de mugre y, de todos modos, sigue con altos índices de aprobación, o donde una gran cantidad de seres humanos no quieren vacunarse porque “no confían”, la verdad, es que, perdón, mis hipótesis del ajolote podrían, perfectamente, ser correctas.
Por lo menos están más divertidas, no las pagamos con nuestros impuestos y nadie se muere si resultan ciertas.
¿Ustedes qué creen?
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