Se me hizo fácil…
17 de julio de 2024
Por Ángel Dehesa Christlieb
Líbranos Señor de todos los cuetes
“Noticias del Imperio”, imprescindible novela histórica de Fernando del Paso, narra la Intervención Francesa en México, desde la óptica de la Emperatriz Carlota, quien, recluida en su Castillo de Bouchout, en Bélgica y con las cabras ya completamente “idas al monte”, después del fusilamiento de Maximiliano, su marido, en el cerro de las Campanas, recuerda, entre otras muchas cosas, la inexplicable fascinación de los mexicanos por tronar cohetes, a toda hora y con cualquier pretexto.
Uno pensaría que, habiendo nacido en México y no en Europa, yo tendría ya que haberme acostumbrado a esta pirotécnica costumbre que, aquí en San Ángel, se manifiesta cada 16 de julio en honor a la Virgen del Carmen, patrona del barrio.
No lo consigo, desde que era niño los cohetes, las brujas, las palomas y demás artilugios explosivos, me producen un efecto semejante al que experimenta un perro chihuahua al ver el periódico.
Y no es de gratis, hace pocos años, a un otrora pariente político al que solo llamaré “Francisco el Moreliano”, que compraba cohetes de contrabando y los echaba en las fiestas, le estalló uno que había guardado en la bolsa de su pantalón, con el consiguiente chamuscamiento de las joyas familiares.
Hoy, desde las ocho de la mañana, los devotos de la Carmelita recorrían el barrio en procesión, con la Virgen en andas, una horrorosa banda escolar cuyos trompetazos recordaban al llamado de apareamiento de la foca leopardo de la Antártida y, delante de todo el cortejo, una persona (llamémosle así) arrojando cohetes al aire cada cinco pasos.
Por más que he leído los evangelios y otros textos religiosos, o visto películas y series que narran las varias apariciones de la Virgen en distintos puntos del globo, sigo sin encontrar el versículo o cita donde dice “y me honraréis tronando pólvora en los días de mi conmemoración”.
Lo que sí he leído es que, en el caso concreto de la Virgen del Carmen, ella es, entre otras cosas, la patrona de las fuerzas armadas y de los conductores, lo cual explicaría que se le honrara con tronidos y claxons, pero me parece una razón insuficiente para recorrer un área residencial, alborotando y lastimando los oídos de perros, gatos y humanos, con artefactos explosivos y peligrosos que, además, están prohibidos por la ley.
“Son tradiciones y costumbres”, argumenta mi señora madre, también lo son los sacrificios infantiles y, sin embargo, ya nadie los practica.
¿Por qué no podemos eliminar los cohetes de las celebraciones religiosas? ¿Qué perverso placer encontramos en pensar que Dios o los santos, o las vírgenes o los ángeles disfrutan el tronar de pólvora entre las nubes? ¿Cuánto tiempo más para la siguiente explosión en un mercado o fábrica de pirotecnia, las cuales ocurren periódicamente y hacen que las autoridades prometan “tomar cartas en el asunto”, hasta que vuelve a pasar?
Sé que es remar en la arena (chúpate esa Arjona) y que nunca ocurrirá, pero, si la virgencita del Carmen quisiera concederme una dádiva, yo le pediría que, a todo aquel que arroje un cohete en su honor, me haga el milagrito de que le estalle ahí, en ese secreto e íntimo rincón donde no brilla el sol y que usan para sentarse.
Te lo pido Carmelita.
Amén
Cualquier correspondencia con esta antipirotécnica columna, favor de dirigirla a www.angeldehesac.com
Me ayudan mucho compartiéndola con este enlace: