Me lo hago fácil
15 de mayo de 2026
Por Ángel Dehesa Christlieb
Hace poco, un poco por vocación y un mucho por necesidad, me decidí a diseñar y a promover talleres de escritura los cuales, me alegra decir, han tenido una respuesta muy favorable y ya vamos en la tercera generación.
A quien más han favorecido estos talleres, sin menoscabo de lo que puedan haber aprendido o descubierto quienes, confiando en mí, se han decidido a tomarlos, es aquí a su servidor.
A lo largo de ya casi nueve meses de impartirlos, los motivos por los cuales lo hago han cambiado de manera muy radical.
Hoy mi vocación docente ha aumentado y la necesidad, aunque sigue siendo la misma, ya no obedece únicamente a una cuestión monetaria, sino al gusto por interactuar y aprender de quienes, como yo, están convencidos de que los seres humanos somos y seremos siempre una “obra en construcción”, con posibilidad de mejorar o empeorar, según las decisiones que tomemos.
Gracias a cada uno de los que me regala su tiempo y su confianza, yo he dejado de ser únicamente un “facilitador” y, poco a poco, me he ido convirtiendo (no creo que nunca se termine de hacer) en un maestro, lo cual, paradójicamente, requiere tomar conciencia de lo que se necesita no es voluntad de repetir lo que ya sé, sino de aprender mientras lo hago.
Un maestro no es alguien que lo sabe, o que cree saberlo todo, ni tampoco alguien que ve a sus alumnos como entes sin nombre, personalidad, ni realidad propia, sino como personas, con historias, con sentimientos y perspectivas que vale la pena conocer.
Mi respeto por aquellos que, rifándosela cada mañana, tarde o noche, sorteando sueldos de hambre y, últimamente, la creciente falta de respeto por su profesión, se plantan frente a un salón de clases y, en cada sesión, hacen lo imposible para que sus alumnos no pierdan las ganas de aprender y, sobre todo, que mantengan la convicción de que el aprendizaje vale la pena, aunque el mundo a su alrededor esté lleno de ejemplos de lo contrario.
En este punto quiero mencionar a la ministra Lenia Batres, quien promovió el proyecto para que, a pesar de que no se pasen las materias, los maestros no tengan la facultad de recomendar que los alumnos no avancen hasta que sepan lo que tienen que saber.
Doña Lenia, ya sabía de su muy dudosa calidad moral y de su innegable ineptitud para desempeñar la labor por la cual nos cobra, pero, lo que usted y quienes la apoyaron le acaba de hacer a la educación y al futuro de este país es algo que, si hay tantita justicia, la debería de depositar en el más bajo de los infiernos.
Esta ley no resuelve el problema, lo que quieren es taparlo para que, de golpe y porrazo, México deje de bajar cada vez más en los indicadores internacionales que miden los niveles de escolaridad y competencia porque, claro, los encargados de la educación en este país, con el prócer Mario Delgado a la cabeza, podrán llenarse la boca diciendo que hay un 100% de aprobación en las escuelas.
Usted lo sabe, pero prefiere ignorarlo, el que me pasen de año no quiere decir que, automáticamente, los conocimientos que no adquirí, por la razón que sea, lleguen a mi cabeza.
Es, para decirlo fácil, el mismo principio fallido de su santo patrón el cual decía: “cuando yo sea presidente, nomás porque yo digo y en cuanto yo lo diga, se va a acabar la corrupción y se va a acabar la inseguridad”.
¿Cómo nos ha ido con eso?
Usted misma, con sus continuas y documentadas pifias, es el vivo ejemplo de que, aunque a la burra la vistan de toga, la ignorancia no se abroga.
El “aprobar” a fuerza no es mejorar la educación, es amarrarle, aún más, las manos a los maestros, los cuals, aunque no esté de moda que así sea, deberían de ser vistos como una figura de autoridad, lo cual no equivale a ser un represor, sino alguien a quien los padres (que tendrían que ser los primeros responsables de la educación de sus hijos), reconozcan como alguien digno de respeto, quien convive con sus hijos diariamente y puede detectar en ellos problemas o áreas a mejorar.
Y no lo hacen por molestar, ni por evidenciar, sino por ayudar.
Para muchos docentes resultaría más fácil quedarse callados, cobrar y no alzar la voz para decir que uno de sus alumnos tiene algún problema de ansiedad, un desorden de aprendizaje o vive en un ambiente familiar complicado.
Pero su vocación y su conciencia se los impide.
Y pagan por ello.
Muchos progenitores, quienes no entienden que el hecho de ser buenos padres no es que sus hijos no tengan problemas o áreas que mejorar, sino detectarlas, reconocerlas y ayudarlos a que así sea, aunque eso “dañe” la “apariencia perfecta” que muchos, incluyendo la ministra y el gobierno, valoran más que el corregir lo que no esté bien, tienen ahora la excusa perfecta para dejar a sus hijos en el desamparo y aventarle el paquete al profesor.
“Si mi hijo no lee, no suma, no multiplica o no escribe, la culpa es solo de usted maestro, yo no voy a hacer ningún cambio, ni me interesa lo que tenga que decir.
Acuérdese que, por ley, tiene que aprobarlo y, si no, le meto un reporte ante la SEP (bueno, si están ahí y no han acortado su horario laboral por la ola de calor ¿verdad?) y hágale como quiera.
No es raro que cada vez menos personas quieran ser maestros y, de los que están, muchos viven en el desencanto o ya, de plano, nadan de muertito.
Hay que hacer muchos cambios en los planes de estudio, en cómo se capacita y evalúa a los maestros, en evitar que los sindicatos de docentes se prostituyan ante el poder en turno, beneficiando a unos cuantos líderes charros, en cómo se incentiva a los maestros para que hagan mejor su trabajo, en sacar el adoctrinamiento y la ideologización del currículum.
La lista es larga, pero lo que no incluye es favorecer, descarada y estúpidamente, la forma sobre el fondo para justificar su, cada vez más inviable (para el país, ustedes se están forrando), “proyecto de nación”.
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1 comentario
Nadie da lo que no tiene.
Y si las bases o cimientos no están fuertes, bien firmes de ahí seguirán profesionistas cada vez menos preparados o que desistan de seguir en la Universidad