Se me hizo fácil
12 de febrero de 2025
Por Ángel Dehesa Christlieb
Se acabó lo que se daba.
Una de las grandes constantes de la vida es que nada es para siempre.
Y esta semana le tocó averiguarlo a mi sobrino Santiago a quien, de vez en cuando, mi hermana me pide que recoja del colegio.
A sus seis años, Santiago es ya un pequeño gourmet que disfruta los placeres de la vida y sabe cómo obtenerlos.
Su traslado implica una logística precisa, impecable, que abarca detalles como la presión de las llantas, la activación de los seguros de niño en las puertas traseras y la colocación de cubiertas en las vestiduras de acuerdo a el Feng Shui del día, el cual debe ser determinado desde Hong Kong por varios eruditos en la materia.
La hora de salida del pequeño potentado es, precisamente, a las 13:30 horas, ni un minuto más, ni uno menos, so pena de sufrir una de las miradas flamígeras del despotita, el cual coloca los brazos en jarras y, con el mismo talante con el que Trump impone aranceles a los países que lo contrarían, te hace patente su ira con su cada vez más abundante vocabulario.
Una vez en el asiento trasero, el minidignatario procede a solicitar que el podcast de “La Corneta” sea sintonizado en el radio de la unidad, otro de los puntos no negociables en sus trayectos, aunque sospecho que soy el único miembro de la familia al que se lo solicita porque no imagino a su madre cediendo a esa petición.
Como pueden ver, Santiago es una criatura de hábitos y los cambios en su rutina no le son muy fáciles de digerir, además de que es un poco aprensivo cuando siente que las cosas se van a terminar, como, por ejemplo, la batería de su tableta, para la cual exige un cargador una vez que llega al 40% porque, si no, comienza a hiperventilar y se pone morado.
Y, por eso, lo que nos pasó el día de ayer fue comparable a lo que sintieron los cochinitos de la cabaña de paja y de la casa de palitos, cuando los diputados les cambiaron las reglas de sus créditos del INFONAVIT y ya ni el lobo se interesó por su propiedad.
Además de todo lo que ya les he contado, Santiago ha desarrollado un gusto que raya en la adicción por las donas, concretamente por las que venden en El Globo, y con esa mirada de águila y el GPS integrado que posee, el satrapín pronto localizó la sucursal ubicada en avenida Revolución, ya casi llegando a Altavista.
Dos semáforos antes del Globo, igual que Juan Charrasqueado con el tequila y la canción, Santi comienza a exigir la de chocolate, la de maple y la de chochitos.
Ya dentro de la panadería, Santiago se conduce como Tony Manero al subir a la pista en Saturday Night Fever, o sea como patrón.
Con gran prestancia, toma las pinzas y me voltea a ver para checar que lo esté siguiendo con la charola, mientras procede a escoger seis donas… “para aprovechar la promoción”, me dice, mientras nos acercamos a la caja en la cual, con sus ojos azules y su sonrisa chimuela, se ha vuelto el ídolo de las dependientas cincuentonas.
“Qué bonitos ojos”, le dice la cajera “¿de dónde los sacaste?”
“Ya los traía y tengo dos” contesta el pequeño aprendiz de Valentino, mientras recibe su caja de donas y me espera para subirnos al coche.
Y así era cada vez que me tocaba ir por Santiago… hasta el pasado lunes 10, cuando llegamos a donde solía estar el Globo y nos encontramos el lugar vacío, cerrado, con un letrero que decía “fuera de operación”
Santiago miró el lugar, levantó una ceja, me dijo “vámonos” y no habló en todo el camino de regreso hasta que llegamos a casa de su abuela, mi mamá, donde procedió a consolarse con unos conejos de chocolate.
Su vida es muy difícil.
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