Me lo hago fácil 13 de abril de 2026

Me lo hago fácil

13 de abril de 2026

Por Ángel Dehesa Christlieb

Para O.V.S.R.A

Los mexicanos que sobrevivieron a las pasiones, los balnearios, las carreteras y los aeropuertos planchan hoy el traje, bolean los zapatos y preparan la torta de huevo para el almuerzo de los caperuzos, quienes mañana retornan a los distintos planteles educativos del país.

Muy poco se toma en cuenta a los verdaderos héroes anónimos en esta historia: los docentes.

Hoy los profesores, sean de primaria, secundaria y/o educación superior están con el tic en el ojo, pensando en que este lunes volverán a ejercer esa combinación de doma de leones, terapia de grupo y deporte extremo en la que se ha convertido su profesión.

El ser maestro en México es hoy una apuesta insostenible, en la cual los grandes perdedores somos y seremos los ciudadanos, porque, sin salud ni educación, de nada valen los proyectos, las transformaciones ni la retórica vacía.

Cierto es que hay de maestros a maestros y que hay aquellos para quienes “dar clases” es el último recurso, la humillación extrema o el desperdicio de sus “talentos”.

Existen también aquellos que utilizan al magisterio y a sus agremiados como arca personal, los que se venden y venden a los maestros a cambio de una curul o de no ir a la cárcel, los y las que viven como jeques árabes, atentos únicamente, ellos sí, a no perder privilegios y a voltear a México de cabeza ante la menor exigencia de entregar cuentas o de ser evaluados por la calidad de su trabajo.

No es de ellos de quienes me ocupo hoy.

Mucho menos de quienes ostentan un cargo público, de secretario de educación para abajo, los cuales, en lugar de ponerse al servicio de los mexicanos y de los maestros, pretenden poner la educación al servicio de una ideología o doctrina.

A esos, por más que lean a Freire y escuchen a Silvio (el hombre del rifle), no les interesa crear pensadores críticos, sino personas dependientes, manipulables y sumisas y, si no nos ponemos almejas, lo van a conseguir.

A quienes sí quiero reconocer y manifestarles mi apoyo y solidaridad son a los millones de profesores con vocación, entrega y compromiso, a los que aprenden enseñando y enseñan aprendiendo, a esos para quienes la docencia no es “mientras me sale algo mejor”, ni se avergüenzan de ejercerla, sino todo lo contrario.

A ellos… a Paty Castilla, a mi madrina Cristina Barros, a Laura Huéramo, a Alejandro Estivill, a Concepción Christlieb, a Marcela Benolol (el gis más rápido de Villa Coapa), a Ivonne Castañeda, a José Luis Saldaña, a Abel Salto y, muy especialmente, a mi amiga Hortensia Martínez, quien no piensa como yo en muchas cosas y, gracias a ello, aprendemos uno del otro y nos queremos mucho.

A ellos y a todos los que me desasnaron, me desasnan y me desasnarán, les mando mi cariño, mi agradecimiento y mi amor desmedido.

Hoy los verdaderos maestros, sean de escuelas públicas o privadas, enfrentan el fuego cruzado de una generación de alumnos post pandemia, con problemáticas de ansiedad y salud mental sin precedentes, además de unos padres que muchas veces no entienden que a los maestros se les paga por enseñar y eso implica, a veces, mostrarles las áreas de oportunidad que tienen sus niños, no por evidenciarlos ni por ofenderlos, sino por ayudar a sus hijos a mejorar, en el ámbito académico y en el humano.

Devolvámosles a los maestros, a los verdaderos maestros, la autoridad, reconocimiento y respaldo que merecen.

Arropémoslos nosotros, los que mandamos, los ciudadanos.

Es lo que toca ante el abandono y la indiferencia en la cual los tienen aquellos que deberían cuidarlos, representarlos y darles las máximas condiciones de dignidad, viabilidad y economía para que ellos solo tengan que ocuparse de su vital labor.

Educar no es complacer, es comprender, retar y acompañar, amorosa y firmemente, para formar personas y ciudadanos de bien.

Hagamos que eso sea posible.

Buen regreso a clases…

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