Se me hizo fácil

Se me hizo fácil

5 de marzo 2025

Por Ángel Dehesa Christlieb

Se termina el carnaval y comienza la cuaresma.

Y este año, el Conejo de Pascua nos trajo aranceles, cortesía de un pollo gritón, con copete naranja y la necesidad de que el mundo lo valide, seguramente porque su papá no fue a verlo jugar beisbol o, quizá, sí fue y el pequeño Donald se ponchó sin tirarle.

En el Anáhuac, los legisladores de Morena sepultaron la propuesta de ley anti-nepotismo de Claudia Sheinbaum quien anda muy ocupada llenando el zócalo de vallas para este sábado, para recibir como se merecen a todas esas mujeres a las que les “tiende la mano”… siempre y cuando sea de lejitos.

Y todavía le faltan las visitas que convocó para el domingo, para uno de esos “espontáneos” actos masivos, con cargo al erario, donde nos va a explicar: “Trump malo- Sheinbaum buena”.

Entre eso y los funerales de estado para Cuauhtémoc, algunas veces me pregunto… ¿si le queda claro a la presidenta que hay mucho qué hacer en el país, además de salir en la tele o convocar aduladores pagados cada vez que la realidad no se amolda a sus “otros datos”?

En otras noticias, los automovilistas capitalinos también estamos disfrutando la cuaresma, cortesía de los baches que decoran el asfalto de nuestra contaminada urbe y se cobran el sacrificio de la temporada con trozos de llantas.

Gracias Doña Clara Brugada.

En mi familia se observaba el miércoles de ceniza y mi tía Maruca, que alguna vez tomó los hábitos religiosos, me explicaba el significado de dejar la carne y por qué, de repente, todos los canales de televisión estaban llenos de comerciales de la PROFECO explicándonos los precios máximos del atún.

En casa de mi mamá, nos resignábamos a desayunar huevos revueltos durante los siguientes cuarenta días, haciéndoles un agujero en la parte superior para poder juntar los cascarones.

Una vez que reuníamos los suficientes como para construir el muro fronterizo de Trump, nos ponían a cortar tapitas de papel lustre, con tijeras de mango de plástico, punta redonda y poco filo.

Al mismo tiempo, metíamos los huevos en tazas de agua llenas de un colorante que hoy debe estar clasificado como arma química.

Una vez que los huevos estaban pintados, se nos proveía con unos dulces que podrían romperle la mandíbula al Increíble Hulk y, en un trabajo que hoy sería considerado explotación infantil, teníamos que poner DOS dulces en cada cascarón y, con una palita de repostería, colocar engrudo en la parte superior para pegar la tapita de papel lustre.

Después de repetir el procedimiento unas 300 veces, teníamos listos los insumos para esconder en el jardín de mi abuela en el domingo de pascua.

Las festividades culminaban cuando, después de juntar los cascarones que mi mamá, mi abuela y mis tías metían entre las plantas y los rosales del jardín cuando mi prima Martita, quien, a la fecha, con todo y que es la respetable madre de tres universitarios, puede dar unos chiflidos dignos de cualquier mecapalero de la Merced, aplastaba un cascarón en mi cabeza y me hacía llorar.

Cuando eso pasaba, las mamás sabían que era tiempo de llevarnos a casa, a reflexionar sobre los misterios de la resurrección y a gestionar la indigestión ocasionada por la centena de dulces, sandwichitos de paté (la cuaresma ya había terminado) y los litros de agua de jamaica que habíamos consumido.

Así resucitábamos cada año.

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