En sábado es más fácil
19 de julio de 2025
Por Ángel Dehesa Christlieb
“Ya no te quiero”
En mi primera infancia (hoy voy por la decimoséptima), usaba esas cuatro palabras con la liberalidad de un niño que no conocía otra manera de expresar su enojo y que, gracias a haber crecido en una hermosa familia, tenía claro el hecho de que siempre tendría amor para dar y recibir.
Hoy la historia es distinta.
La certeza de la presencia del amor en mi vida no ha cambiado, aunque ahora soy consciente de que, como consecuencia de crecer y madurar, el mantener los afectos y cariños implica compromiso, responsabilidad, tiempo y trabajo.
El “ya no te quiero” es un recurso extremo, porque hoy, como adulto, me doy cuenta de los alcances que tiene esa declaración porque, con perdón de José José, ahora sé que el amar y el querer implican elegir la vulnerabilidad, remover las máscaras y bajar la guardia frente a aquellos a quienes, desde la libertad que me da ser un ser humano adulto, pleno y responsable, yo escoja y me escojan como el objeto de mis/sus afectos.
A diferencia de las querencias infantiles y quizá por o, a lo mejor, a pesar de las decepciones y frentazos que me he llevado, además de los que yo, por soberbia, ira o egoísmo he causado en otros y otras, estoy convencido de que el darle oportunidad al amor y al cariño, a través de la voluntad compartida, siempre será una mejor opción que decir adiós.
El amor de dos es como ese juego de la Jenga, en el cual vamos construyendo una torre, la cual, por su misma naturaleza, no se puede quedar estática.
Uno y otro de los implicados irán moviendo piezas, así como se mueven sus prioridades, sus miedos, sus tiempos, sus humores y sus proyectos y, en algún momento, esa torre se desplomará, porque uno de los movimientos resultó demasiado para su estructura presente.
Este desplome puede ser repentino, como la herida de un rayo o gradual, como la erosión de la piedra por una gota de agua que se puede llamar rutina, aburrimiento o falta de comunicación y, necesariamente, ocurrirá en algún momento de la convivencia.
Tendrán entonces los constructores que decidir si lo que toca es el “ya no te quiero”, una opción que únicamente requiere la voluntad de uno de los dos interesados y que implica el guardar las piezas (algunas estarán rotas y magulladas) y, posteriormente, que cada quien tome camino y se marche a erigir su propia torre.
Esta alternativa, perfectamente válida y, a veces, imperativa, es como las cajas de “rómpase en caso de emergencia”, siempre debe estar presente.
La otra ruta, que requiere del acuerdo de ambas partes, es la de reedificar una estructura nueva y más sólida, utilizando las piezas que todavía son útiles y las nuevas que llegan desde la confianza, el perdón y la voluntad compartida de escuchar y mejorar.
Si los que deciden reconstruir ya aprendieron de la experiencia (que no fracaso) anterior y acuerdan, desde el corazón, los cambios necesarios para fortalecer lo que ya tenían, el “ya no te quiero” (que siempre será opción) no se utilizará esta vez.
Así es el proceso del amor de dos, construir y reconstruir, con la ventaja de que, a medida que se repite y, si se hace bien, las caídas son menos aparatosas, las reconstrucciones menos difíciles e, incluso, hasta más gozosas.
¿O ustedes qué opinan?
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2 comentarios
Ángel… qué joya de texto.
Coincido completamente contigo: el “ya no te quiero” en la adultez no se dice con berrinche… se dice con conciencia, con cicatrices, y a veces, con la dignidad temblando pero de pie. Me imaginé perfecto como un botón de emergencia, que a veces es inevitable o uno para resetear algo que está lento o por más que lo intentas, no hay otra opción más que reiniciar.
La metáfora de la Jenga es tan hermosamente certera como dolorosamente real. Solo sumaría que a veces no es que la torre se caiga… es de pronto, cae uno en cuenta, que te quedas recogiendo las piezas solo, mientras el otro ya armó otra en otro lado.
Reconstruir juntos es posible. Hermoso, incluso.
Pero también hay amores que se salvan… soltándolos.
Y ahí, el “ya no te quiero” deja de sonar a fracaso para convertirse en un acto de amor propio radical.
Cuando dos eligen armarse de nuevo (con lo aprendido, con piezas nuevas, con voluntad real) el amor se transforma en arquitectura emocional.
Más compleja. Más honesta.
Y sí… mucho más hermosa.
Me hiciste pensar. Y sentir.
(Lo cual, francamente, ya no es tan común.)
En estos tiempos de vínculos desechables y respuestas en automático… detenerme a leerte fue un regalo.
Y la verdad… quiero seguir leyéndote.
Gracias por esto.
En serio.
Muchas gracias Ana por tu respuesta, te mando muchos abrazos