Se me hizo fácil
23 de agosto de 2025
Por Ángel Dehesa Christlieb
Seguramente todos mis lectores se acordarán de ese momento, ocurrido en su adolescencia tardía o en su adultez temprana, en el que conoces a una persona la cual coincidió con tus papás o abuelos en algún periodo largo de su vida, como la universidad o la preparatoria.
“No me digas que eres hijo de Germán y Conchita, pero si yo veía cuando te bañaban y andabas encuerado, a los dos años, por el jardín de la casa de tu abuela…” y otras candentes revelaciones que lo dejan a uno indeciso entre hablarle al psicólogo, levantar un acta de hechos o sonreír nerviosamente y decir “ah, mire, qué gusto”.
Después de optar por la tercera opción, la conversación continúa.
“Oye, pero, ya te veo muy grande… bueno es que sí ha pasado el tiempo”.
“Pues sí, 49 años”, le digo en voz alta, mientras pienso “¿pues qué pensaba que me iba a quedar yo enano?”
“Salúdame mucho a tus papás, bueno a tu mami, lo de tu papá qué pena, iba a ir al funeral, pero ese día bañé a mi perro. Dile que la manda saludar Martita, ‘la Cochambres’, de la Facultad de Filosofía, oye y todavía vive tu mamá en casa de tu abuela, huy, me acuerdo de aquella fiesta que organizamos para recaudar fondos para una obra de teatro, todo iba muy bien hasta que Doña María, tu abuela, se enojó porque nuestro amigo “el Chilaquil” vomitó en sus rosales y se acabó la fiesta”.
“Ah mire, pues, sí, sigue viviendo ahí, digo el vómito sí lo limpiaron, pero los rosales ahí están y mi mamá por ahí anda, estamos tratando de vaciar la casa…”
“Espérame, no te vayas a ir, porque creo que tengo por aquí unas fotos que te quiero enseñar y diez tomos de la Enciclopedia Británica que me prestó tu papá en 1977, seguro tu mamá se va a acordar…”
“Oiga, pero, yo nomás venía a pedir dinero para la Cruz Roja…”
Y así te quedabas atrapado en el túnel de tiempo, escuchando todo lo que ya sabías de tu familia o aquellas cosas que nunca quisiste saber y que se hubieran quedado mejor enterrados en las arenas del tiempo y no grabados en mi psique como una marca a fuego.
Cada vez que pasa y, a juzgar por la cantidad de veces que ha sido, mis papás tenían una muy activa vida social en sus mocedades, yo me prometo a mí mismo que nunca voy a ser así porque, además, en algún rincón de mi mente, siempre pensé que los hijos de mis amigos siempre serán chiquitos y mi juventud, a pesar de las canas que veo en el espejo, será eterna.
Llega la vida y te dice “hold my fuente de la juventud”.
Llega el hijo del primo de tu mamá, que viene a ver algunos libros que podrían interesarle (ánimas y se va la Enciclopedia Británica) y lo acompañan un amigo suyo y su novia.
Después de un rato en el que tratas de convencer a los muchachitos de que cada casa necesita tener una copia de “La Flama” de José Vasconcelos, además de una guía ilustrada del drenaje virreinal con un CD con soundtrack barroco, la jovencita suelta la bomba.
“Mi mamá me dijo que los saludara mucho, soy hija de Aura P y Toño C”
No lo pensé, me nació del alma, como un llamado ancestral.
De pronto, me sorprendí diciendo…
“No me digas, yo te conocí de chiquita, qué grande estás, tengo la liga de la boda de tus papás, ¿todavía vive tu abuelo en la calle de La Rosa? Cuando íbamos en la prepa le aventaba cosas al gato y le mentaba la madre. El noviazgo de tus papás fue dramático, salúdame mucho a tus papás, ¿tu papá sigue haciendo modelos 3D del virus del COVID?”
La jovencita sonreía nerviosamente y me decía, muy amablemente, con esa expresión de “la luz está prendida, pero no hay nadie adentro”.
“Sí, ajá, no me diga, ah, mire qué bien”.
“Vamos a hacernos una selfie y se la mando a tu mamá”
“Esteee… bueno…”
La vida es cruel y el tiempo… implacable.
Si te gusta esta columna y quieres recibirla en tu celular, entra a www.angeldehesac.com y mándame un mensaje solicitándola.
2 comentarios
Ay si pasa que varias veces, más de las que quisiera, oigo en mi voz frases de mis padres.
Suele pasar