Se me hizo fácil: De pollos y besos

Se me hizo fácil…

8 de agosto de 2024

Por Ángel Dehesa Christlieb

De pollos y besos

Nunca fui de los “populares” en la prepa.

No me sentía particularmente guapo, no era bueno para los deportes, no tocaba algún instrumento.

Yo era más bien de cómics, juegos de rol y libros, lo cual resulta simpático en series como “Big Bang Theory”, pero no en el patio escolar, en donde jugábamos Dungeons and Dragons en una esquina, mientras discutíamos los últimos acontecimientos del universo Marvel.

Rodábamos los dados, esperábamos que ningún balón de voli o de futbol pasara por encima de nuestro tablero y/o que la prefecta no viniera a prohibirnos los “juegos de azar” en el patio.

Conchita, la prefecta en cuestión, es autora de la inmortal frase “el niño se baja de la niña, por favor”, la cual le dedicó a un compañero que solía pasarse los recreos sentado en las piernas de su novia.

Esto último no tiene que ver con la historia, pero es una gran frase ¿a poco no?

Retomo.

Con mis antecedentes, a nadie sorprenderá que haya sido hasta los 18 años cuando di/recibí mi primer beso.

Era el último día de preparatoria.

La coautora del mencionado ósculo fue una compañera, de cuyo nombre me acuerdo, pero no se los voy a decir.

Su familia era dueña de una pollería, lo cual, según mi mamá, no dejaba de ser un plus.

“Por lo menos no te va a faltar de comer.”

Recuerdo la sensación, nunca antes experimentada, de tocar unos labios con los míos, un pequeño choque eléctrico en mi columna vertebral, separar los labios con ganas de volverlos a unir, preguntándome si lo estaba haciendo bien y si a ella le gustaba como a mí.

Después, cada quien se fue a su casa….

¿Y ahora qué sigue?

La parte de mí que creció viendo cine mexicano, me decía que, si ya nos habíamos besado, ya éramos novios o, por lo menos, habíamos trascendido la etiqueta de “amigos”.

¿O no?

Se sentía bien, aunque me daba miedo y tenía muchas dudas.

Ella no cooperaba, porque no soltaba prenda acerca de lo que “éramos” y, cada vez que yo quería preguntar, nos dábamos un beso, a mí se me olvidaba lo que iba a decir y solamente paraba la trompita.

Quizá, ella tenía las mismas dudas.

Quizá también tenía miedo de preguntar porque temía que, si comenzábamos a ponerle nombre a las cosas, se rompería el encanto.

Quizá pensaba, como me pasaba a mí, que no quería que los besos terminaran y, como se sentía torpe e inadecuada, nadie más querría darle besos si me dejaba ir.

Nunca lo supe.

Nuestros besos duraron solo unas pocas semanas más.

Por teléfono, porque no me atreví en persona, le expliqué, no muy convencido, que “no era ella, era yo”.

Mi primera infancia y mi futuro como magnate pollero, terminaron esa tarde.

La vida… sigue.

Cualquier correspondencia con esta besucona columna favor de dirigirla a www.angeldehesac.com

Si quieren compartirla les dejo el enlace para hacerlo.

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