Se me hizo fácil

 

 

Se me hizo fácil

20 de febrero de 2025

Por Ángel Dehesa Christlieb

Dentro de cada uno de nosotros, por ahí guardado en el subconsciente, hay un pequeño juez.

Cada uno de nosotros lo visualiza de manera diferente.

El mío parece un pequeño y simpático oso koala.

A primera vista parece inofensivo.

Hasta el momento en el que quiero intentar algo nuevo, algo diferente, algo que me saque de mi “zona de seguridad” o me exponga al escrutinio público.

Entonces la cosa cambia… el pequeño koala se pone “erizo”, sus ojos se vuelven duros, se animan con una luz amenazadora, la boca se le tuerce en una mueca de desprecio, sube por mi pierna, se sienta en mi hombro y pone su boca cerca de mi oído.

Alcanzo a sentir su aliento… fétido, húmedo y caliente.

Mientras llena mi cachete de pequeñas gotas de saliva, me dice, con una voz muy parecida a la mía…

“Te va a salir mal… lo sabes ¿verdad?”

“Todos se van a reír de ti”

“Si, por casualidad te sale bien una vez, lo único que vas a conseguir es que las personas esperen más de ti y entonces… más los vas a decepcionar.”

“Lo mejor que puedes hacer es no hacer nada, no exponerte… el que se mueve no sale en la foto.”

“Lo sabes ¿verdad?”

Durante mucho tiempo, escogí hacerle (hacerme) caso.

Por escucharlo, por creerle, por CREERME inadecuado, me privé de muchas experiencias, de muchas relaciones y, sí, seguramente de muchas decepciones también.

Hoy sé que esas decepciones me habrían servido para aprender y crecer.

Pasaron 50 años para encontrar y decidirme a realizar una actividad que me apasionara lo suficiente, algo cuyo llamado fuera más fuerte que las obsesivas, incesantes y estériles advertencias del juececillo.

Me puse a escribir y a publicar con un título que tomé prestado de mi padre.

Así nomás.

No hubo una conjunción de los planetas, ni una caída del caballo como la de Saulo de Tarso en el camino a Damasco, ni una revelación del Corán por el Arcángel Gabriel a Mahoma.

Esa llegó después.

Una vez que lo HICE, una vez que me decidí, me liberé.

Al principio me costó trabajo encontrar mi voz, sobre todo porque el juececillo seguía gritando en mi hombro hasta ponerse morado, pero, como dijo el vendedor de bananas: se la… (pitido autocensurante).

Después de más de un año de escribir con constancia ya no tengo que buscar las palabras, ahora son las palabras las que me encuentran a mí cuando me siento frente al teclado, en una gozosa coincidencia que me hace disfrutar el proceso y, a medida que eso pasa, el resultado final ya no me preocupa.

Y como no me preocupa y confío en mis habilidades, la columna mejora con cada entrega, a lo Miguel Bosé… “casi sin querer”.

Escribir me hace sentir tan bien conmigo mismo que la opinión de los demás pasa a un distante segundo plano, no porque no me guste que lean y disfruten lo que escribo, sino porque me gusta tanto hacerlo que, incluso aunque a nadie le gustaran mis columnas (gracias, Jorge Urbano y 250 lectores), yo seguiría y seguiré agrupando letras desde mi mente y desde mi corazón.

Se vez en cuando, me equivoco y entonces el juececillo salta como loco, porque quiere retomar su posición preponderante, pero ahora lo escucho únicamente como una voz en la distancia.

No me peleo con él, porque sé que los nervios escénicos y los errores son parte importante y esencial para que los que vivimos de “mover el abanico” o, en mi caso, de pegarle a la tecla y, sobre todo, que de cada error se aprende.

Si así lo elijo yo.

Mientras más escribo, el juececillo se hace más pequeño, me siento mejor conmigo mismo y adquiero la confianza para emprender nuevos proyectos o retomar los que había dejado en pausa.

Desde que escribo la vida… SE ME HIZO FÁCIL.

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