Se me hizo fácil; dolores e iras

Se me hizo fácil

24 de marzo de 2025

Por Ángel Dehesa Christlieb

Dolores e iras

Uno de los trabajos que más me gusta, entre los muchos que me ha tocado desarrollar en mi vida, es el de comunicador en salud.

Entre los muchos temas que he abordado está el del dolor y su función en el cuerpo humano.

A pesar de no ser placentero y ser algo que todos queremos evadir, el dolor tiene una tarea esencial para nuestra supervivencia y bienestar, que es la de avisarnos cuando algo está mal en nuestro organismo y, una vez recibido el mensaje, poder tomar medidas para eliminar su causa.

Lo mismo pasa con los sentimientos de enojo o de ira, son emociones perfectamente naturales, las cuales, a pesar de ser como un dolor punzante en el alma y en la mente, nos alertan acerca de la necesidad de ponerle límites a otras personas o a nosotros mismos,

para evitar situaciones que no nos benefician o pueden ser peligrosas.

Para que el dolor y la ira sean las justas y cumplan su potencial benéfico después del sufrimiento, deben ser bien manejados y procesados.

Lo primero es admitir que los tenemos y, después, aunque nos dé miedo recibir un diagnóstico que nos obligue a cambiar, toca consultar a un especialista para tratarlo desde la raíz.

Es muy importante no limitarnos únicamente a paliarlo con analgésicos, que enmascaran el síntoma, pero no atacan la causa y, por lo tanto, le permiten crecer y crecer hasta que, un día, el dolor ya es insoportable y, lo que al principio podría haberse arreglado con un simple tratamiento, es ya una dolencia potencialmente mortal.

Lo mismo con la ira, hay que reconocerla, analizar de dónde viene, procesarla correctamente, hacer cambios para fijar los límites necesarios para ponerle un alto a lo que nos hace enojar y dejar la ira atrás, porque, cuando la mantenemos por mucho tiempo, nos ciega, nos carcome las entrañas, destruye nuestro equilibrio y saca lo peorcito de nuestro carácter.

¿Qué pasa entonces cuando ese dolor se traslada a todo un país?

¿Cuando descubrimos horrores como el del rancho Izaguirre, que nos duelen en el alma, porque no podemos ser indiferentes a la ira, pútrida y corrosiva, que pudo llevar a quien, por su especie podrían llamarse “humanos”, pero, por sus acciones, son alimañas dañinas, a crear y mantener un lugar como ese?

¿Cuando vemos, como dijo Pamela Cerdeira en su editorial, que aquellos (y aquella) que se postularon diciendo que iban a cambiar la mala situación del país aplican las lecciones que aprendieron de un señor que fue capaz de descalificar a las mamás de niños con cáncer y se ocupan más de lavarse la cara, hacerse las víctimas y decir que todo es “golpeteo”, porque son tan buenos que nadie los quiere?

¿Cuando tenemos una “oposición” que, en lugar de presentarse en el lugar para ver en qué podían ayudar o solo dar fe de lo ocurrido para ponerse al servicio de quienes dicen representar, prefieren enfrascarse en una inútil guerra de dimes y diretes con un miserable que viaja a Francia en clase bussiness y se las da de “hombre del pueblo”?

¿Cuando, en lugar de reconocer la legitimidad e importancia del dolor y la furia de aquellos a los que dicen servir, deciden que el “analgésico” sean unas escobas y unos costales de cemento y pretenden tapar el testimonio de su negligencia, su fracaso y su falta de humanidad y, de paso, regañarnos por atrevernos a levantarles la voz?

Me gustaría pensar que no entienden que, al hacer eso, el dolor crece y nos va entumeciendo la mente y el corazón hasta que, en un momento, perdemos la capacidad de discernir que el dolor y la ira son necesarios, pero en la menor dosis posible y comenzamos a creer que el vivir siempre enojados y heridos es normal, lo cual nos nubla el entendimiento y nos lleva a votar con el hígado y no con la cabeza.

Pero estoy seguro de que lo saben y lo saben muy bien, saben que cada una de sus acciones nos “transforma” en personas cada vez más inhumanas, furiosas, adoloridas y, por lo tanto, manipulables.

Y eso me duele y me molesta.

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