Se me hizo fácil: de muertos que no son

 

 

Se me hizo fácil

9 de enero de 2025

Por Ángel Dehesa Christlieb

De muertos que no son

Después de lo expresado en las primeras dos columnas de la semana acerca de mis pensamientos suicidas, no puedo evitar pensar que, quizá, algunos de mis lectores con inclinaciones más oscuras se sientan defraudados por la ausencia de un deceso en toda esta historia.

Como decía el aficionado al box en la película de “Pepe el Toro”: “¡quiero ver sangreeeee!”

A mí me pasaría, así que, dada mi decisión de no acelerar, por el momento, mi inevitable excursión al otro barrio, lo mejor que puedo ofrecerles es una historia en la que hay muertos, funerales, confusión y todo.

Hace ya varios años, murió en un accidente de aviación mi tío “El Sugus”, primo de mi papá, hijo del Tío Jorge, hermano de mi abuela Margarita y de la tía Zady, conocida entre sus respetuosos sobrinos como “la Gorda”, una mujer maravillosa, que siempre fue amable y generosa con todos los que la conocimos y a la que quise mucho.

“El Sugus” era piloto militar y murió al despegar en un avión desde la base aérea de Santa Lucía, no recuerdo el año, pero hoy, 8 de enero, es su aniversario luctuoso.

Solo recuerdo que era en los años 80 y que en el avión accidentado iban mi tío como instructor y un alumno, del cual nunca supe el nombre y que también falleció en el accidente.

Mi mamá lo tiene muy presente porque mi abuelita Margarita, como insistía en ser nombrada, cumplía años el 6 de enero, aunque, según los que la conocieron, no estaba muy claro si su fecha real de nacimiento era el 5 o el 7, pero ella siempre insistió en festejarse el Día de Reyes y, con Margarita, era como los ampayers: “a ver, alégale”.

Conchita habló con mi tío y lo invitó a la comida, que se llevaría a cabo el fin de semana posterior al 6 de enero y “Sugus” le dijo que sí iría, solo que iba a llegar un poco tarde.

Ya no llegó y mi mamá no recuerda si se canceló la comida o no, pero de lo que sí tiene memoria, como todos en mi familia, es del funeral.

Al ser militares en activo, tanto el “Sugus” como su alumno tenían derecho a que sus exequias fueran pagadas por el ejército, por lo cual ambos cuerpos fueron trasladados a la misma agencia y velados en capillas contiguas, con la tapa cerrada.

Las funerarias me hacen sentir como cocodrilo en fábrica de carteras, desorientado y levemente asustado, no tanto por lo que contenga el ataúd, eso como sea ya se va a quedar ahí, pero sí por no saber cómo hay que comportarse.

Esta incertidumbre se incrementa aún más en el caso de estar presente mi familia paterna, la cual, afortunadamente, nunca se caracterizó por su solemnidad y/o respeto a las formas y convenciones sociales y sí por su propensión a la chacota y a los chistes inapropiados (pero nunca inoportunos) enunciados sin importar las circunstancias ni el lugar donde nos encontráramos.

En aquella ocasión, comprensiblemente, los Violante no parecían los Violante, mi tía Zady lloraba a mares y el tío Jorge vistió de negro, color que ya no se quitaría durante toda su vida.

Llegaban coronas y arreglos florales, mi papá, mi mamá, mi abuela y mi tía estaban sentados, tristes y sin decir mucho y a mí me empezó a entrar una angustia muy grande, porque nunca los había visto así.

Fue entonces cuando una persona de la agencia funeraria se acercó a alguno de los familiares directos, creo que a mi tía Bugambilia (no es seudónimo, así se llama), hermana del fallecido y le dijo algo que le puso los ojos como de plato.

Vi como se fue corriendo la voz entre todos mis parientes, que interrumpieron su rosario en pleno misterio doloroso y comenzaron a recoger flores coronas y demás ofrendas para trasladarse a la capilla de al lado.

Como los ataúdes estaban cerrados y eran idénticos, los empleados de la agencia los invirtieron y, todo este tiempo, le habíamos estado llorando y rezando al muertito equivocado.

Mientras procedíamos a cambiar de capilla con los deudos del alumno, no pude evitar pensar que “El Sugus”, inconforme con la tristeza y solemnidad de su velorio, decidió hacer un último chistecito e irse al cielo (vamos a ser optimistas) riéndose de y con nosotros.

Hoy sonrío y le mando a él, a sus hermanos y a mis tíos un abrazo.

Si te gusta esta mórbida columna y quieres recibirla diario en tu celular, entra a www.angeldehesac.com y mándame un mensaje para incluirte, sin costo, en mi lista de distribución.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

2 comentarios

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *