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Se me hizo fácil
23 de diciembre de 2024
Por Ángel Dehesa Christlieb
El Laurel
En el jardín de mi mamá, que antes era de mi abuela María y que antes era, según los papeles de adquisición, la huerta de un convento, hay un árbol de laurel que en un tiempo estuvo lleno de hojas verdes, agrupadas de manera tan espesa que no se podía ver a través de ellas.
Los siete nietos de Mariquita crecimos a la sombra del laurel, buscamos huevos de Pascua, hicimos fiestas, recibimos besos y tomamos nuestros primeros alcoholes mientras nos cobijaba y nunca pensamos que dejaría de estar.
Hace tres años, a mediados de 2021, el laurel comenzó a perder sus hojas, nunca supimos realmente por qué. Poco a poco y de manera inexorable la espesa barrera que le daba sombra a mis perros y a quien quisiera salir al jardín.
El laurel sigue ahí, pero ya no es verde.
Un complejo armazón de ramas ha quedado al descubierto, aún no se puede ver completamente a través del árbol, pero ya se puede adivinar la barda cubierta de hiedra que está al otro lado y también se puede tener una idea de lo que ocurre en medio de las ramas.
Cuando las hojas decidieron irse, me sentí personalmente ofendido, sobre todo porque fue así, de improviso, sin avisar y sin despedirse.
Asomarme a la ventana y ver el laurel desnudo me daba una sensación de vacío, especialmente porque, aunque sigue siendo un árbol majestuoso, yo lo había visto verde y exuberante y a lo que había frente a mí… le faltaba algo.
Muchos aconsejaban aplicarle el hacha y la sierra, dándolo por muerto, aunque el jardinero decía que no encontraba la causa de la pérdida del verde, pero mi mamá nunca ha tenido una relación muy cordial con el cambio y tampoco era tan sencillo ni barato retirar un árbol de ese tamaño y envergadura de su jardín y, en ese momento, el horno no estaba para bollos, financieramente hablando.
Así que el laurel sigue ahí, en su lugar, afuera de la ventana y, durante un tiempo, no quise voltear a verlo porque me sentía defraudado por lo que había, sin entender por o para qué continuaba ahí porque ya no estaba tan vivo como yo lo quería.
Era como ver la foto de un ser querido que ya se fue, los recuerdos están ahí, las fotografías, los objetos, las palabras, pero la persona, aparentemente, ya no nos abrazará ni escucharemos más su voz y ya no será el refugio que era para nosotros.
Hasta ayer…
Mientras trabajaba en la computadora, me asomé de nuevo a la ventana y, por ahí, dentro de la enramada del laurel, se movían varios pájaros que habían construido su nido y cuyas crías, las cuales probablemente nacieron en ese nido, piaban, comían y se preparaban para echarse a volar.
Mariposas amarillas recorrían la copa del árbol y subían y bajaban y me di cuenta de que, aunque el árbol ya no es exactamente como yo lo recuerdo y quiero, eso no quiere decir que no tenga una utilidad o no pueda darles cobijo a otros seres e incluso a mí de diferente manera.
Eso no quiere decir que no extrañe y recuerde las hojas, o a mi papá o a mis abuelos.
Hoy entiendo que su recuerdo y sus lecciones son como lo que queda del laurel.
Las hojas ya no reverdecen, pero queda ese espacio al que puedo volver, que me cobija y que me anima a construir el mío propio.
Un abrazo a todos.
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