Se me hizo fácil
18 de febrero de 2025
Por Ángel Dehesa Christlieb
De golfos, cantantes y rumberas.
Nada me tranquiliza más que saber que nuestra primera mandataria tiene sus prioridades bien puestas.
¿A quién le importa que los mexicanos en Estados Unidos las estén pasando “canutas” con las nuevas políticas migratorias del “Emperatrump”, que los cárteles de la droga se sigan enseñoreando en extensiones cada vez más amplias del territorio nacional, o que los transportistas y trabajadores del sistema de salud colapsen las vialidades de la CDMX un día sí y el otro también exigiendo seguridad y los insumos necesarios para trabajar?
Lo urgente e importante es utilizar los recursos de la Secretaría de Relaciones Exteriores, comenzando con el adaptable Juan Ramón de la Fuente, para ponernos bien firmes con los malvados de Google por el nombre del Golfo de México/América, con cartas flamígeras, las cuales ya le respondieron con corrección y congruencia, pero el chiste es estirar los conflictos estériles y los berrinches patrioteros, para que nadie vaya a voltear y a reclamar por lo que de verdad importa.
Nomás una cosa, Doña Claudia, si ya va a salir en “La mañanera del pueblo” a envolverse en la bandera y a querer verse bien ruda leyendo la contestación de Google en inglés, por lo menos pida que se la traduzcan con tiempo, porque, la verdad, es que sí le resta credibilidad a su “firme postura” cuando le tiene que hablar a “Paulina” para que le traduzca porque ya sé que el hizo bolas el engrudo.
Si ya se va a gastar nuestro dinero en su oneroso ejercicio de propaganda, tómese la molestia de producirlo bien.
Así empezó este lunes y, de repente, me enteré que los bípedos roedores y los ineficaces hipoacúsicos estaban de luto.
Francisca Rivero Barradas, “Paquita la del Barrio”, ya canta en ese arrabal del cielo, junto con Chelo Silva, Lucha Reyes, Amparo Montes y todas aquellas mujeres que, con su voz, su presencia y su manera de interpretar esa mexicanísima emoción que llamamos “ardor” (ahora le dicen despecho), encabezaron la resistencia al machismo, que sigue siendo uno de los cánceres de nuestra sociedad y lo hacía tan bien que, hasta cuando nos señalaba a los “inútiles”, nos sentíamos halagados.
Más se tardó este inútil en poner “Rata de dos patas” en mi dispositivo de sonido de confianza, que la red en volver a encenderse con la noticia de la partida de la gran Yolanda Yvonne Montes Farrington “Tongolele”, la mujer con las caderas más sensuales y rápidas de todo el cine mexicano, la que invocaba a los Orishas al ritmo de las congas a Xangó y de la cual esperábamos todo menos que hubiera nacido en Spokane, Washington.
Tuve la oportunidad de conocer a la señora Yolanda en alguna entrega de premios en la que me tocó trabajar y, aunque ya era mayor, todavía tenía esos ojos en los que uno podía perderse y perder el juicio, además de un porte digno de una reina, además de una disposición y trato sumamente amable.
Con Paquita y Tongolele se va una época completa de nuestro imaginario cultural.
Y eso, por lo menos a mí, me importa mucho más que la pelea de dos personajes bastante venidos a menos que, siendo sinceros, no buscan un acuerdo sino una excusa para seguir peleando.
En nosotros está subirnos o no a su tren del golfo que, además, pagamos con nuestro dinero.
Si te gusta esta rumbera y ardida columna y quieres recibirla diariamente en tu celular, sin depender del algoritmo, entra, por favor a www.angeldehesac.com, mándame un mensaje para incluirte en la lista de distribución.
Se me hizo fácil
18 de febrero de 2025
Por Ángel Dehesa Christlieb
De golfos, cantantes y rumberas.
Nada me tranquiliza más que saber que nuestra primera mandataria tiene sus prioridades bien puestas.
¿A quién le importa que los mexicanos en Estados Unidos las estén pasando “canutas” con las nuevas políticas migratorias del “Emperatrump”, que los cárteles de la droga se sigan enseñoreando en extensiones cada vez más amplias del territorio nacional, o que los transportistas y trabajadores del sistema de salud colapsen las vialidades de la CDMX un día sí y el otro también exigiendo seguridad y los insumos necesarios para trabajar?
Lo urgente e importante es utilizar los recursos de la Secretaría de Relaciones Exteriores, comenzando con el adaptable Juan Ramón de la Fuente, para ponernos bien firmes con los malvados de Google por el nombre del Golfo de México/América, con cartas flamígeras, las cuales ya le respondieron con corrección y congruencia, pero el chiste es estirar los conflictos estériles y los berrinches patrioteros, para que nadie vaya a voltear y a reclamar por lo que de verdad importa.
Nomás una cosa, Doña Claudia, si ya va a salir en “La mañanera del pueblo” a envolverse en la bandera y a querer verse bien ruda leyendo la contestación de Google en inglés, por lo menos pida que se la traduzcan con tiempo, porque, la verdad, es que sí le resta credibilidad a su “firme postura” cuando le tiene que hablar a “Paulina” para que le traduzca porque ya se el hizo bolas el engrudo.
Si ya se va a gastar nuestro dinero en su oneroso ejercicio de propaganda, tómese la molestia de producirlo bien.
Así empezó este lunes y, de repente, me enteré que los bípedos roedores y los ineficaces hipoacúsicos estaban de luto.
Francisca Rivero Barradas, “Paquita la del Barrio”, ya canta en ese arrabal del cielo, junto con Chelo Silva, Lucha Reyes, Amparo Montes y todas aquellas mujeres que, con su voz, su presencia y su manera de interpretar esa mexicanísima emoción que llamamos “ardor” (ahora le dicen despecho), encabezaron la resistencia al machismo, que sigue siendo uno de los cánceres de nuestra sociedad y lo hacía tan bien que, hasta cuando nos señalaba a los “inútiles”, nos sentíamos halagados.
Más se tardó este inútil en poner “Rata de dos patas” en mi dispositivo de sonido de confianza, que la red en volver a encenderse con la noticia de la partida de la gran Yolanda Yvonne Montes Farrington “Tongolele”, la mujer con las caderas más sensuales y rápidas de todo el cine mexicano, la que invocaba a los Orishas al ritmo de las congas a Xangó y de la cual esperábamos todo menos que hubiera nacido en Spokane, Washington.
Tuve la oportunidad de conocer a la señora Yolanda en alguna entrega de premios en la que me tocó trabajar y, aunque ya era mayor, todavía tenía esos ojos en los que uno podía perderse y perder el juicio, además de un porte digno de una reina, además de una disposición y trato sumamente amable.
Con Paquita y Tongolele se va una época completa de nuestro imaginario cultural.
Y eso, por lo menos a mí, me importa mucho más que la pelea de dos personajes bastante venidos a menos que, siendo sinceros, no buscan un acuerdo sino una excusa para seguir peleando.
En nosotros está subirnos o no a su tren del golfo que, además, pagamos con nuestro dinero.
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