Se me hizo fácil
Por Ángel Dehesa Christlieb
17 de abril de 2025
El hacedor de huevos
Son “días de guardar” y los devotos mexicanos están en los múltiples destinos vacacionales, ocupados en piadosos menesteres como subirse a la banana, aventarse del bungee o hacerse un tatuaje de henna mientras ingieren el cuerpo y la sangre de Cristo consagrados en un coco con ginebra.
Yo sigo en la CDMX, renaciendo en mi muy inundada, pero no por ello menos acogedora milpita.
Santiago mi sobrino está convertido en una mezcla de Fabergé y Michelangelo, pintando cascarones de huevo para la búsqueda que se organiza cada domingo de Pascua en la casa de una prima de mi mamá, que es encantadora y cuyo marido, contador de profesión, es, a pesar de su americanismo declarado, un lujo para este mundo.
Debido a un brote de varicela en su escuela, el novel artista no tuvo clases la semana pasada y, milagro de resurrección, la cuarentena se empalmó con la semana santa y la de Pascua, por lo cual ligó tres semanas de ocio, circunstancia que lleva a su pequeña, pero avispada mente a urdir todo tipo de fechorías y desmanes.
Mi propuesta, muy acorde a la época, de tonsurarlo, ponerle hábito e internarlo en una de las celdas del cercano Convento de el Carmen con una tableta programada para transmitir los servicios de Semana Mayor en distintos idiomas, que vayan desde el swahili hasta el armenio medieval, no tuvo eco entre las mujeres de mi familia, a quienes el infantil delincuente, cual serpiente en el Edén, tiene seducidas y obedientes a su más mínimo deseo.
Mis meditaciones de Semana Mayor, las cuales consisten en ingerir alimentos que ya no se venden en las escuelas, subir tik toks e imaginar cuántos jitomates podría comprar con las 30 monedas de plata que recibió Judas, tomando en cuenta el tipo de cambio actual y los recién impuestos aranceles al producto en cuestión, se han visto interrumpidas por la necesidad de cortar tapitas de papel lustre para los artesanales cascarones del pequeño artífice.
Sufro como automovilista en caseta.
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