Se me hizo fácil
Por Ángel Dehesa Christlieb
16 de julio de 2025
“En esto veo, Melibea, la grandeza de Dios”
Así dice el enamorado Calisto a Melibea, objeto de su adoración, en el primer acto de “La Tragicomedia de Calisto y Melibea”, de Fernando de Rojas, obra conocida también como “La Celestina”.
Léanla, hay harta sangre, brujería y traición.
Yo solo uso esta línea para decirles que a mí, a pesar de los Trumps, de los Noroñas, de las mañaneras, de los Ovidios y demás plagas que se acumulan en las pantallas de televisión, en los mensajes de mi celular o en las predicciones del sector septuagenario de mi familia, ante cuyas integrantes Casandra en Troya era una campanita de felicidad, todos los días la belleza, a veces furtiva y discreta, a veces cegadora y estruendosa, me recuerda “la grandeza de Dios”.
Yo creo en el Dios (con mayúsculas) de Mandela, de Francisco de Asís, de Gandhi, de Malala Yousafzai, ese que describe Sabines y nos dice “amaos los unos a los otros”.
Repudio, con todas mis fuerzas, a ese dios (con minúsculas) que habla por la boca de los que odian, de los que dividen, de los que maltratan, mientras usan su nombre e invocan su “voluntad” para justificar sus crímenes.
¿Por qué entonces, ante el ascenso de los mentirosos, de los cobardes, de los asesinos no he renunciado a la vida terrenal, para pasar el resto de mi existencia en un convento de monjes de clausura haciendo rompope y rosarios de semilla de papaya?
Porque he comprendido que la grandeza de Dios solo se alcanza por momentos y yo tengo el privilegio de contar con la cercanía de muchos seres que lo han logrado:
Gerardo Tamez, quien compuso “Tierra Mestiza”.
Jaime Sabines, que describió a “Los Amorosos”.
Virulo, que imaginó “El Colibrí”.
Jorge Tamés, que crea universos con su lápiz.
Alonso Arreola, con su caóticamente estructurada pasión por la belleza.
Tú, cuya espalda tocan mis labios.
Adolfo Castañeda, maestro paciente y paño de lágrimas.
Solo Sabo Sabe.
Viviana, luminosamente dark.
Los Netos, que son la neta.
María, que está loca… pero bonito.
Andreas Zanetti, con su amoroso humor de 88 teclas.
Por ustedes y por muchos otros que no nombré, pero que están en mi corazón, veo, siento e intuyo que ese Dios en el que creo sí existe.
Quiero, como ustedes, alcanzar la momentánea grandeza de Dios y estoy convencido de que el requisito para lograrlo no es perseguirla, sino confiar en que se dará como la consecuencia natural de cumplir, a rajatabla, las dos grandes obligaciones del hombre, tal y como las enunció Jorge Luis Borges: ser justo y ser feliz.
Pongámonos a ello.
Si quieres recibir esta columna en tu teléfono, solo entra a www.angeldehesac.com y mándame un mensaje solicitándolo.
3 comentarios
Maestro, muy buen comentario, sentido, preciso y que muchos deberíamos imitar buscando a ese Dios con mayúsculas, muchas gracias por hacernos reflexionar
Gracias Mario, por tu lectura
Mario Benedetti
Luis Eduardo Aute
Neil Diamond