Se me hizo fácil 4 de agosto de 2025

Se me hizo fácil

4 de agosto de 2025

Por Ángel Dehesa Christlieb

Caer en amor

Muchas de las personas a las que atiendo como coach de vida o con el tarot me preguntan… ¿por qué no llega el amor a mi vida?

La única respuesta que puedo darles es… “porque lo estás buscando”.

Así.

Los anglohablantes lo tienen claro: en la lengua de Shakespeare, “enamorarse” se dice, literalmente, “caer en amor”.

El amor no sabe de horarios, ni de oportunidad, ni de conveniencias.

Cuando caigo en amor, mi vida da un vuelco imprevisto y los planes más elaborados se van por el desagüe, mientras en mi cara se dibuja una sonrisa estúpida y siento la contundente certidumbre de haber hallado mi lugar en el mundo, pero, al mismo tiempo, la sobrecogedora duda de no saber si me van a dejar entrar en él y por cuánto tiempo.

Porque ese lugar está fuera de mí, está en los brazos, en los ojos, en el pensamiento y en los labios de aquella persona quien, en un momento y sin mi autorización, se convierte en la medida de mi seguridad, de mi sosiego y de mi paz.

De repente su atención y su afecto son lo que determina si el siguiente aliento es necesario o prescindible.

Al tropezarme con, de y en amor se me derriten las convicciones, se me trastorna la lógica y se me desploman, como alcanzados por un rayo, las estructuras y cimientos sobre las que he construido mis certezas, mis esperanzas y mis decisiones de vida.

Desde un punto de vista estrictamente racional, práctico y sensato, caer en el amor resulta no solo poco rentable, sino hasta molesto y peligroso, porque me hace vulnerable al dolor, a la decepción y a la tristeza infinita, esa que me da cuando la piedra, la preciosa piedra con la que mr tropecé decide, en algún arrebato de mal gusto y majadería, que no me quiere.

Las caídas y recaídas de amor son duras, sobre todo porque, con todo lo que se escribe, se graba, se lee y se habla del “amor”, así, entre comillas, lo cierto es que nadie puede definirlo de manera precisa y homogénea.

Yo, como todos los que caen en amor, solo puedo amar en función de mi propia realidad, de mis propios y mutables miedos, de mis propias experiencias y, sobre todo, en proporción directa al amor que sienta por mí mismo.

El caer en amor no solo me expone a los golpes del exterior, sino que desnuda súbitamente mi alma, mi cuerpo y mi espíritu y me pone, frente a frente, con mis carencias (reales o percibidas), con mi luz, con mi oscuridad, con mis miedos y con mis demonios.

Cuando caigo en amor, los golpes más fuertes me los puedo dar a mí mismo, con la poca habilidad que tengo para protegerme, la vulnerabilidad en la que caigo de repente y lo fácil que me resulta el olvidar la responsabilidad que tengo conmigo mismo: el amor de mi vida, antes que cualquier otro, tiene que ser la persona que veo en el espejo.

Si no tengo eso claro, lo mejor sería no enamorarse, sin embargo, el tropezón, por definición no llegará en el momento ideal, cuando a mí me convenga, cuando me sienta más seguro de mí mismo y/o cuando esté satisfecho con quién y qué soy.

En la mayoría de los casos (por lo menos de los primeros en mi vida), la caída no llegó en ese momento ideal.

El amor no se presentó en su mejor versión, precisamente porque lo buscaba activamente para tapar un vacío, para cubrir una carencia o para que alguien asumiera responsabilidades que deberían ser solo mías y no me sentía maduro o apto para encarar.

Estaba contaminado por la inseguridad, por el miedo y, sobre todo, por la incapacidad de ponerme a mí mismo como prioridad.

Terminó siendo tóxico.

Para cuando logré salir, golpeado y maltratado había aprendido lo siguiente:

¿Puedo controlar o programar la llegada del amor a mi vida?

No

¿Cómo puedo prepararme para el tropezón que llegará cuando tenga que llegar?

Amándome a mí, con quien voy a tener que vivir siempre.

¿Bastará para que no me vuelva a lastimar cuando caiga en amor?

Probablemente no… pero es lo que hay.

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