Se me hizo fácil 1 de octubre de 2025

Se me hizo fácil

1 de octubre de 2025

Por Ángel Dehesa Christlieb

Hemos llegado a octubre, mes de las lunas hermosas.

Mi relación con Selene, quien conduce el carro lunar a través del cielo nocturno ha sido siempre una de reflexión y romanticismo.

A diferencia de Apolo, el sol, que es tan predecible, básico y… masculino, la luna tiene esa mítica, mística y misteriosa cualidad que se anida en la mirada de cada mujer que haya ocupado los pensamientos de algún poeta, trovador o tinterillo cibernético, sin importar si el interesado habitaba la Grecia antigua, el desierto silencioso o una metrópoli superpoblada.

Cada vez que veo la luna levantarse sobre las magnolias del jardín de mi abuela, siento la irritante y dulce melancolía que viene de la innombrable, pero, sin duda, existente cualidad que aquellos que contamos con un cromosoma “Y” en nuestro acervo genético jamás podremos comprender del todo.

Es así, nosotros los del sexo débil (mental) únicamente podemos intuir vagamente lo que se esconde tras una risa, un coqueteo, una lágrima o un reclamo que provenga de los ojos o los labios de una mujer y más si es una con la que tuviste, tienes o quieres tener algo.

Los hay que rehúsan enredarse en el eterno coqueteo con la reina de la noche y sus acólitas, porque cualquiera que lo haya vivido sabe que llevamos las de perder y, por eso, prefieren proteger el corazón y la mente, porque no están dispuestos a sufrir el dolor, la decepción o la incomodidad que el amor trae consigo.

No me hago ilusiones, la luna y el amor nunca llegan, ni se van en situaciones ideales.

Incluso en las mejores circunstancias, ambos resultan irritantes.

En las peores, nos duelen como auditoría de Hacienda a Adán Augusto, porque uno está de lo más campante haciendo cosas de hombres, no sé, como sacarse un moco o preguntándose cómo le hacen para meter la pasta de dientes por el agujero del tubito y, de repente, ella se aparece, toda casual y derramando sensualidad mientras, con esa falsa inocencia, te pregunta por una calle, o cómo arreglar el convertidor de cable o, simplemente… te sonríe.

Y como dijo Napoleón en Waterloo… ya se fregó Francia.

Así como la Triple Diosa fascina a los caninos y, según aquel poema de Yeats, hace que los ojos de los felinos cambien para igualar sus distintas fases, ella se vuelve la luna de mi cielo, ese eterno enigma que ocupa mis afanes y mantiene fijos mis sentidos con las transiciones entre sus periodos oscuros, crecientes, llenos y menguantes, que se rigen por tiempos y códigos que nunca podré predecir ni descifrar y remueven todo en mi interior, así como la luna hace con las mareas.

A veces la luna permanece mucho tiempo en mi cielo, otras, se va con excesiva rapidez y, en casos extremos, desaparece repentinamente en un cataclismo como aquel que hundió la Atlántida y deja destrozado mi corazón, mi cerebro y mi cuerpo y, por experiencia, sé que esa destrucción inicial es únicamente el principio y que, por un rato, el dolor será machacón y constante, como el sonido de un teléfono ocupado.

¿Vale la pena todo eso por un breve momento de sentir que soy el destinatario de las atenciones de la luna?

¿Vale la pena aullar para que vuelva a fijarse en mí?

Yo creo que sí

¿Para qué nací si no?

Si quieres recibir esta columna en tu celular, entra a www.angeldehesac.com y mándame un mensaje solicitándolo.

3 comentarios

Responder a Alicia Cancelar la respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *