Me lo hago fácil
8 de diciembre de 2025
Por Ángel Dehesa Christlieb
No cabe duda de que la vida es una tómbola, tom, tom, tómbola como decían Marisol y Mona Bell.
Y no me refiero a esa que te puede poner a presidir un juzgado en México, aun sin saber nada de leyes, o a la que nos pone frente a Sudáfrica y Corea del Sur, sino a esa tómbola que te sorprende cuando crees que ya lo has visto todo.
Espero que esa nunca deje de girar en mi vida, para que, cuando menos me lo espere, logre sorprenderme con algo nuevo, conocer a una persona interesante, hacer algo que nunca he hecho o rebasar límites que solo estaban en mi cabeza.
Hoy, por ejemplo, estaba sentándome, listo para escribir acerca del sorteo del mundial y ese ejemplo de la capacidad de arrastre y abyección que fue el “premio a la paz” o lo que sea que le dieron a Trump.
O sobre el “espontáneo” y nada acarreado apoyo a Claudia Sheinbaum, porque supongo que las filas y filas de autobuses en el centro histórico eran los elfos de Santa comprando regalos en la friki plaza ¿cierto?
De todo eso iba yo a escribir y lo haré en días posteriores, pero, mientras me sentaba y abría la computadora, Santiago, mi sobrino, que se quedó el fin de semana y tiene más juego que un cojinete de biela, pasó detrás de mí, en su pijama, cual nuevo Mauricio Garcés con bata de casa y gasné, guiando a dos jóvenes señoritas, de seis y cuatro años aproximadamente, en un tour de su palacete.
“Ángel, tenemos visita”, me informó el pequeño gígolo, el cual, con una confianza y dominio de si mismo que ya quisiera la Sheinbaum cuando le preguntan por qué no ha corrido a Adán Augusto, procedió a explicarles a las dos azoradas señoritas (que son nietas de la vecina, quien es compañera de colegio de mi mamá y heredera de rancia estirpe chihuahuense), “esta es la biblioteca, donde mi abuela guarda los libros”.
Ya luego, el juvenil seductor, procedió a solicitarme, cual si fuera yo Dimas, el mayordomo, que les pusiera una película a ella y a sus invitadas, con lo cual me puso en un aprieto, porque yo ignoraba los gustos de las jóvenes norteñas hasta que, la mayorcita, quien tenía un aire de determinación como de Lucha Villa en sus buenos tiempos, me dijo “algo de Walt Disney”.
Entonces les puse Wall E, una metáfora de las relaciones humanas, por aquello del robotito que, como cualquier hombre, anda muy tranquilito, recogiendo su basura y oyendo a Louis Armstrong, hasta que le cae del cielo una fémina armada con un láser y una agenda propia.
Todo iba bien, las chicas veían la película mientras Santiago, al cual sus padres acaban de cortarle el pelo como Gunther: The Ring General, luchador rudo de la WWE, le explicaba a la más chiquita, una muchachita muy amable de bucles rubios y ojitos de “yo no fui”, cómo se armaba un elefantito tipo “matrushka” rusa que su abuela compró en la India, aunque parece de Coyoacán, con esa ingenuidad que le dan sus seis años, la cual le hace pensar que un miembro del verdadero “sexo débil” puede realmente explicarle a una mujer algo que no sepa.
De pronto, cuando Santiago estaba por aplicar la maniobra del bostezo/abrazo, tan clásica de las películas de Travolta, apareció la madre de las chicas, porque ya venía para llevarse a sus retoños a casa.
Santiago, estoico como personaje de Ismael Rodríguez, se despidió de sus visitas y las acompañó a la puerta, con un rostro inmutable, el cual mantuvo hasta que las muchachitas se alejaron en la 4×4 de su progenitora, tras lo cial procedió a entrar en ese estado tan mexicano conocido como “la chipilez”, exigiendo su lechita y exigiendo su canción.
Como tío permanente y mayordomo eventual del pequeño, me da mucha ternura ver sus primeras experiencias de socialización con las representantes del género opuesto.
Espero que, mientras vaya creciendo, nadie le quite esa confianza, nacida de haber recibido una buena crianza, nunca de la necesidad de ser un “macho alfa”, ni esa capacidad de apasionarse, aunque tendrá que aprender a lidiar con la decepción y el desamor que todos y todas experimentamos en algún momento.
Espero, si tengo la oportunidad, poder enseñarle, con el ejemplo, a enamorar y enamorarse sin hacer ni recibir daño, cosa que a mí me ha tomado más de medio siglo aprender y que aún no domino por completo, aunque ya estoy en aquello de pedir, pedirme y aceptar el perdón.
Por lo pronto ya llegó la mamá de Santiago, la mujer que hoy por hoy, lo cuida y le seca sus lágrimas (espero que siga siendo capaz de dejarlas fluir y nunca las contenga en aras de “ser hombrecito) y el enamoradizo corazón de mi sobrino se puso en paz…
Me disculparán (o no y me vale) si hoy y siempre, es y será para mí más necesario y me nace más del corazón el escribir sobre eso que sobre Trump, Infantino, Claudia y demás irrelevantes “importantes”.
Lo quiero mucho y soy feliz y afortunado de verlo crecer y ser parte de su vida.
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1 comentario
Grs otra vez, querido Angel, por tocar las fibras más sensibles d mi corazón 😥