Me lo hago fácil
27 de enero de 2026
Por Ángel Dehesa Christlieb
“What’s in your head, in your heaaaad, zombie, zooombie”- The Cranberries.
“¿Y ya regresaste de Querétaro?”
Seguramente todos mis lectores, los cuales, incluyendo al recién inaugurado abuelo Jorge Urbano, ya se pueden contar con los dedos de las dos manos, estarán pasando aceite con esta pregunta, cual si fueran Sheinbaum esperando la siguiente llamada de la Casa Blanca.
Pues sí queridos, ya estoy de vuelta en esta helada y hostil metrópoli que, con todo y todo, es aún mi casa.
La historia de mi regreso es digna de contarse, por lo menos para olvidarnos de que, el ahora ex director del CIDE, José Antonio Romero Tellaeche, se aferra a su puesto como si fuera un feudo que le correspondiera por derecho, o de que Mario Delgado acaba de darle trabajo a Francisco Garduño, quien era comisionado de migración cuando el incendio del centro de detención de Ciudad Juárez, el cual causó la muerte de 40 personas y, además, puso de manifiesto el equema de corrupción con el que se esquilmaba (y seguramente se sigue esquilmando) a los migrantes en este amoroso y humanitario régimen.
Por esos no lloras ¿verdad Noroña?
A ese señor, que nunca respondió por los muertos durante su gestión, es al que ahora le voy a volver a pagar con mi dinero y a quien Mario Delgado llama “funcionario ejemplar”.
Dado que la semana es aún muy joven y, seguramente, entre Trump, Claudia y amigos que los acompañan, me tienen guardada mi “copita de bilis”, la cual se van a esmerar en administrarme rápido, porque este lunes no se trabaja y tienen que cubrir su cuota de barbaridades con tiempo, prefiero dedicar estas letras a platicarles de cómo mi mamá fue conejillo de Indias.
No sé si ya les he contado de Abel, quien desde hace muchos años quiere y cuida a Conchita, mi cabecita no tan blanca, quien el próximo 5 de febrero cumplirá 81 años de agraciar con su presencia este planeta y a la cual le deben, en un 50%, el que yo les anime sus mañanas con estos textos.
Abel es como mi segundo padre, un abuelo maravilloso y paciente para Santiago y, en general, alguien que me quiere y a quien quiero mucho y hete aquí que, además de todo eso, tiene un amigo cuya pareja es investigadora de la UNAM, quien se especializa en temas de neurodesarrollo y trabaja en un laboratorio que la universidad tiene en Juriquilla, suburbio de la capital queretana.
Dentro de las investigaciones que se llevan a cabo ahí, está un estudio que pretende documentar los cambios que sufre el cerebro a medida que vamos envejeciendo, el cual requiere que grupos de 25 personas, cada uno de un rango de edad diferente, se presenten en el laboratorio, contesten un cuestionario y, después, se sometan a un escaneo, hecho con un aparato muy sofisticado, tipo esos que había en los laboratorios de los científicos locos que enfrentaban Santo y Blue Demon, pero sin el ayudante enano y pelón, para medir varias frecuencias y características de la masa encefálica.
Tengo para mí que, si llevamos el aparato a los recintos legislativos de este país, los resultados de muchos de los que trabajan ahí, arrojarían que su materia gris está prácticamente nueva, porque han volado por instrumentos desde que asumieron el cargo, limitándose a levantar la mano cuando se los indiquen y, el resto del tiempo, se dedican a poner genialidades en redes sociales y a comprar joyería carísima, la cual “el pueblo les regala porque los ama”.
Me estoy desviando del tema, la cosa es que Abel y mi mamá fueron invitados a participar en el estudio y ellos, como buenos jubilados y, como diría el Cisne de Avón, “prompt asses”, estuvieron de acuerdo y se lanzaron a Querétaro.
Yo que, como les conté la semana pasada, ya estaba por allá, agarré aventón de regreso con ellos, como beisbolista, de pura gorra.
El domingo, después de la fiesta de mi querido Cuitláhuac Ruiz, al cual algradezco enormidades, me presenté en el hotel donde estaban Conchita y Abel, temiendo encontrármelos como zombies, con la mirada vidriosa y diciendo con bocas babeantes: “es un honor, estar con Obrador”.
Pero no, los dos estaban muy bien.
Emprendimos el regreso a la CDMX, para llegar a los juegos de campeonato de la NFL, mientras me sometían a tortura psicológica con un disco de trova yucateca que seguramente habían comprado en el metro, además de que nos paramos en todos los changarros camineros a adquirir “Pastes Kikos” y otras delicias de la región.
Finalmente, llegamos y aquí estoy.
Cierro este texto afirmando que, en este mundo de Noroñas, Delgados, Romeros y Garduños, yo agradezco que existan Conchitas y Abeles, que me cuidan y me traen con bien a casa y que, en más de un sentido, son mi casa.
Feliz martes
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4 comentarios
Feliz regreso a la realidad, abrazo enorme
Otro para ti
Que interesante estudios de investigación, luego nos comunicas los resultados, sería genial se les hiciera un sacan a los políticos para revocarles sus periodos jajaja
Mi estimado Ángel:
Escribiste «Tengo para mí que, si llevamos el aparato a los recintos legislativos de este país, los resultados de muchos de los que trabajan ahí, arrojarían que su materia gris está prácticamente nueva…»
Creo que los únicos que trabajan ahí son los del personal de intendencia. Los otros solamente van a posar sus traseros en las curules. ¿Estamos de acuerdo?