Me lo hago fácil 17 de febrero de 2026

Me lo hago fácil

17 de febrero de 2026

Por Ángel Dehesa Christlieb

Para los mexicanos que tenemos una cierta edad, esa en la que ya empezamos a tomar pastillas y suplementos con el desayuno porque “todavía me siento joven, pero por si acaso”, las mañanas de domingo de nuestra infancia siempre tendrán un referente.

“En familia con Chabelo”

Un programa familiar, de concursos y variedades, conducido, obviamente, por Xavier López “Chabelo”, en el cual algunos concursantes hacían todo tipo de maromas para ganarse un premio.

El momento cumbre llegaba cuando, al final del programa, tres de los ganadores accedían a la “catafixia”, término acuñado por el propio Chabelo y, según leo, por Germán Valdés “Tin Tan.

Los tres concursantes recibían la oportunidad de “catafixiar” o intercambiar el premio que ya tenían, por algo que había tras una cortina.

Una vez que los tres concursantes habían elegido si se quedaban con su premio o lo “catafixiaban”, entonces se procedía a abrir la cortina y cada concursante veía lo que había elegido.

“Gracias por el paseo por la calle de la nostalgia ¿y luego?” dirán mis lectores que, a partir de hoy y hasta que alguno decida salirse del grupo de whatsapp, han llegado oficialmente a 700.

Pues nada, después de ver el drama de “Marx se quiere quedarx”, cuya trama ha tenido más vueltas de tuerca que una novela de Agatha Christie, me convenzo de que, en tiempos recientes, la vida pública en México se ha convertido en una desangelada y tragicómica versión de la “Catafixia”.

¿De qué otra manera explicamos el hecho de que, cada vez que uno de los ungidos de la 4T es despedido por haber fallado en la misión que se le confió, muchas veces cometiendo acciones cuestionables o, de plano, delitos, lo tengamos que apaciguar para que se vaya contento?

¿Desde cuándo en lugar de darle las gracias y decirle, con toda cortesía, “que no te pegue la puerta en las nalgas cuando salgas” o “allá afuera te está esperando el auditor”, tenemos la obligación de “catafixiarle” el puesto por una embajada para que siga succionando del presupuesto?

¿Por qué tengo que seguir pagando el sueldo de inútiles, corruptos, incompetentes o todas las anteriores, nomás porque son los guardianes del “legado de Andrés Manuel López Obrador”, el cual, al parecer, está compuesto por corruptelas y mentiras y hay que comprar el silencio de quienes participaron en ellas?

¿En qué momento el servicio exterior mexicano, nuestra representación ante el mundo, se convirtió en el basurero de los detritus que se van desprendiendo del endeble monolito construido por el “Gran Chafal” de Palenque?

No importa si diste un charolazo para detener un avión comercial, o si acosaste a tus alumnas del ITAM, o si usaste tu puesto de fiscal para corromper la justicia en tu provecho o, como en el caso de Marx, creaste libros de texto tendenciosos y mal hechos.

Ah, porque, además, ya nos dijeron que ese no fue el problema y que los esperpentos de la “Nueva Escuela Mexicana” continuarán en uso.

La verdadera bronca con Marx, quien no nació para amarx, no fue por el 10% de capacidad, lo que le falló fue el 90% de lealtad.

Pero no hay problema, ni para Marx, ni para nadie.

Siempre te van a ofrecer “catafixiar” tu puesto por una estancia en el extranjero, con gastos a cuenta del erario o, si esperas lo suficiente, como Francisco Garduño, responsable de la muerte de 40 migrantes en Ciudad Juárez, te volverán a dar trabajo y te llamarán “funcionario ejemplar”.

De rendir cuentas o enfrentar la ley… ni hablamos.

Resulta alarmante, porque, en muchos de los casos, no estamos hablando de miembros del primer círculo del gobierno, los cuales podrían tener acceso a los secretos de estado más jugosos, sino de funcionarios de nivel medio-bajo.

Ni a esos pueden correr sin escándalos ni componendas.

Todos sienten que tienen moneda de cambio para atrincherarse en su oficina, inmolarse ante las cámaras y ponérsele al tiro al ejecutivo.

De ese tamaño serán las transas.

En lo que Marx, cual Chabelo macabro (perdón don Xavier), sale a cantar “Doña Claudia me dio un beso a la salida, porque puse una mano con seis deditos, y me dijo que me fuera a Costa Rica, porque eso le pidió Mario Delgaaaado”, yo dejo aquí esta columna y les deseo feliz martes.

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