Se me hizo fácil
21 de enero de 2025
Por Ángel Dehesa Christlieb
Yo, con Alonso
Después de pasar la mañana del lunes viendo las “Locuras del Emperatrump” he perdido la escasa esperanza que me quedaba en la política actual, así que he decidido comenzar a invertir en el futuro y ya tengo mi gallo.
El pasado fin de semana mi sobrino Santiago celebró, en concurrido convite, sus seis años de vida y me sentí mayor y anticuado
Recuerdo las fiestas a las que yo asistía en mi infancia, para las que mi mamá, en un homenaje a su teutónica ascendencia, me vestía con un lederhosen alemán de pantalón corto, que me hacía ver como bratwurst parado y cuyo sistema de desabotonado era semejante al cinturón de castidad de una princesa medieval, lo cual, para un infante de cuatro años, retacado de agua de jamaica, representaba un reto considerable.
Me ponía morado tratando de abrir la germánica prenda y, más de una vez, mi mamá tuvo que enfundarme en una bolsa de basura con jareta, retirarnos de la fiesta en medio del oprobio y dejar el lederhosen colgado en el tendedero varios días para eliminar el considerable tufo amoniacal que había adquirido.
Ya después, me ponían un pantaloncito kaki marca OshKosh, una playera blanca de cuello de tortuga y manga larga (no importaba si la temperatura era tal que podías hervir un huevo en la banqueta) y unas botas “Blasito”, las cuales se convertían en armas mortales cuando las aplicaba contra las espinillas de mis rivales a la hora de arrojarme a la piñata.
Muchas de las fiestas se llevaban a cabo en salones con resbaladillas y pasajes elevados de metal oxidado, los cuales eran un peligro latente de tétano, además de una alberca de hule espuma, la cual era un depósito de gérmenes en el cual podías adquirir inmunidad contra la gripe aviar, el H1N1, el COVID y varios microrganismos que aún hoy no se han clasificado.
El menú consistía en una sopa de coditos, con trocitos de jamón radioactivo y harta crema agria, además de sandwichitos de paté Fud y gelatinas de un rojo semejante a las nalgas de un mandril africano.
Las piñatas todavía se hacían de barro, por lo que una fiesta sin un niño descalabrado no se consideraba fiesta.
Los dulces incluían palelocas, de a dos por palito, chiclosos Kori, los cuales podían emplearse como sellador para ventanas o fugas en el radiador del auto, caramelos macizos TOMY, con la cara del osito Montes, chicles motita de colores diversos y Brinquitos, un polvo picoso y ácido que podía ingerirse o inhalarse y, si escogías esta última opción, alucinabas y hablabas en arameo.
Una fiesta era una aventura, de la cual salías con tu centro de mesa, tu bolsa de dulces, tu pedazo de pastel (que era de Sanborns o similar, con betún blanco y azul pitufo) y un “recuerdito” de cartón mascado con el agradecimiento de la familia del festejado.
Hoy en día, la planeación y ejecución de una fiesta infantil implica una logística comparable a la del medio tiempo del Super Bowl, o la toma de posesión en Washington.
Todo debe ser previsto hasta el ultimo detalle, desde la longitud del mecate de la piñata, hasta la presión del inflado del brincolín, pasando por el contenido calórico de las tortitas de jamón, panela y lechuga gluten free que se les servirán a los mininvitados.
Les piñates (decir piñatas es machista) son de cartón y no se rompen nunca, además de que los dulces son polvos, caramelos y paletas payaso, si es que el padre le permite al pequeño tomar azúcar, las bolsas son de papel para proteger al planeta y siempre hay un infante que llora porque alguien ganó más dulces.
Con el privilegio que me da ser tío sin hijos, después de entregar las tortas que me mandaron a recoger, me aplasté a ver correr a los padres detrás de sus fierecillas, escuchando cómo les imploraban buen comportamiento.
“Ramirito, ese cuchillo es para el pastel, por favor, no apuñales a tu hermanita”.
“Ofelita, mi corazón, sí puedes subir al brincolín, pero quítate las botas de casquillo y déjale tus chacos a mamá”
“Zanettito, la cerveza es para los grandes, tú tómate el mezcal de tu anforita de pokemón”
Esta fiesta, sin embargo, fue diferente porque conocí a Alonso, un amiguito de Santiago, quien, mientras los demás niños se dedicaban a sus perjuiciosas faenas, vino hacia mi, se retiró la gorra, hizo sonar sus talones cual militar alemán, se presentó de manera articulada y cortés y después, con una habilidad digna de entrevistador del INEGI, me cuestionó acerca de mi nombre, profesión, estado civil, ingresos brutos y netos y varios detalles más, para después preguntarme si se me “ofrecía algo”.
El mini censor procedió a levantar su encuesta con toda la concurrencia y pasó el resto de la fiesta reportándole a su madre los pormenores de lo que ocurría en el patio de manera clara, concisa y codificada.
“Tenemos un 45 en progreso en el área del pastel, recomiendo proceder a cantar las mañanitas”.
Estoy convencido de que Alonso será nuestro próximo presidente y, en vista de la paupérrima baraja política actual, he decidido hacerme su amigo desde ya, acompañarlo en su ascenso al poder y obtener, mínimo, una diputación plurinominal vitalicia.
“No seas sonso, vota Alonso”.
San Lázaro, ahí te voy.
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