Se me hizo fácil
27 de febrero de 2025
Por Ángel Dehesa Christlieb
Yusuf la Tarántula
A principios de esta semana, leí en el internet una nota acerca del aterrizaje de emergencia de un avión de Iberia en la ciudad de Madrid.
El piloto del aparato, que iba de Dusseldorf a Vigo, fue mordido por una tarántula, la cual se había colado a la cabina de pasajeros en un vuelo previo, cuando el avión había recalado en Casablanca, Marruecos.
En algún momento durante mi gestación, mis papás pensaron en llamarme Rodrigo y, según entiendo, ese era el plan original hasta que, a, tan solo cinco días de mi llegada, mi abuelo Ángel Dehesa Molina falleció en su casa, víctima de un infarto fulminante.
Mi abuela, María Robles de Christlieb, la mamá de mi mamá, siempre me llamó Rodrigo.
Cuando aprendí a leer (que es cuando uno aprovecha mejor los libros), Mariquita sacó de los infinitos estantes de su biblioteca “El Cid Campeador”.
Y mi vida ya no fue igual.
Escrito por Joseph Lacier, el libro era parte de la colección “Historias”, de editorial Bruguera, cuyos ejemplares tenían la particularidad de tener texto escrito y, cada dos páginas, mostraban una ilustración en forma de cómic, con diálogos y todo, por lo que ambas partes podían leerse de manera independiente.
Este diseño era una maravilla, porque uno comenzaba por el cómic, pero, poco a poco, se iba dando cuenta de que las letras, aparentemente más sencillas y humildes, ofrecían mayores posibilidades y estímulos para la imaginación y, casi sin darse cuenta, te enganchabas y le perdías el miedo a la lectura.
Cuando mi abuela se fue, de un día para otro, en su cama y en paz, entré a la biblioteca y, sin preguntarle a nadie, me llevé a Rodrigo, a Babieca, a Doña Jimena, a la “Tizona” y a la “Colada”, a los Almorávides, a Al Motamid y al cruel destierro de Don Rodrigo por parte del Rey Alfonso, cuando el Cid se atrevió a pedirle cuentas al recién coronado soberano en la iglesia de Santa Gadea.
Así como Doña Jimena encomienda a su marido desterrado, así encomendé yo a Mariquita en su viaje.
Estoy seguro de que está con Dios y también de que, de vez en cuando, entre vueltas del tejido, se asoma a verme y a recordarme que me peine, aunque, por circunstancias ajenas a mi voluntad, hoy solo puedo hacerlo en intención y no en acto.
Como suele pasar con los libros, al terminar el Cid Campeador, me quedaron ganas de aprender más, en concreto de los Almorávides y su líder, el emir de Marruecos, Yusuf Bin Tasufin, un personaje tan fascinante como el mismo Rodrigo Díaz, a quien los reyes moros de Al Ándalus le piden ayuda para resistir el embate de los cristianos.
Yusuf les hizo caso, desembarcó en España y, a lo largo de varios años, sus ejércitos se dedicaron a conquistar varias ciudades de Andalucía, desterrando a los reyes moros que lo habían convocado (hagan de cuenta los zetas con Osiel Cárdenas, pero con cimitarras), derrotando también a los ejércitos del Rey Alfonso en batallas como la de Sagrajas y la de Consuegra, siendo detenido únicamente por Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid Campeador.
Poco les duró el gusto a los cristianos, porque cuando murió el Cid los ejércitos de Yusuf tomaron Valencia y se consolidaron como los amos de todo el este de Al- Andalus, dominio que ejercieron por varios años.
Cuando leo la historia de la tarántula marroquí que atacó a los españoles, no puedo evitar sonreír al imaginarme al arácnido como una nueva encarnación de Yusuf, con su cimitarra a la cintura, lanzándose sobre el piloto al grito de “Allahu Akbar”, dispuesta a conquistar de nuevo los territorios que alguna vez pertenecieron a sus paisanos.
Y me pregunto qué opinaría Mariquita de mi nueva versión de la conquista de Al Andalús.
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