Se me hizo fácil

Se me hizo fácil

12 de marzo de 2024

Por Ángel Dehesa Christlieb

A lo largo de mi vida, me he dado cuenta de que la mejor manera de saber si debo permitir la cercanía de una persona en mi vida, sea una pareja, una amistad, alguien que me preste o al que le preste un servicio, solo tengo que responderme:

¿Me gusta el tipo de persona que soy cuando cuando lo/la tengo cerca?

¿Qué rasgos de mi personalidad afloran cuando convivo con esa persona?

No necesariamente me tiene que caer bien, ni ser alguien a quien invitaría a mi fiesta de cumpleaños, pero sí alguien que, de alguna manera, me inspire a ser mejor, me ayude a aprender algo o me enseñe una nueva realidad o perspectiva que me ayude a ampliar mi criterio.

Si es así, bienvenido o bienvenida seas.

Ahora, si cuando esa persona está cerca de mí, me siento inseguro, molesto, agresivo o ansioso, con ganas de hacer cosas que no me hacen sentir bien o me llevan a sentirme limitado y, por más que lo intente no logro cambiar esas sensaciones, entonces, me hago responsable de mis sentimientos, pero también de poner la distancia necesaria para proteger mi salud mental.

Esta manera de evaluar la conveniencia de una relación me funciona también en el plano político.

Después de un sexenio y fracción del régimen morenista, a mí no me gusta lo que han hecho con la discusión y el debate político en este país.

Los representantes de un movimiento que se dice “humanista”, “demócrata” y “plural” se han dedicado, desde que llegaron al poder, a promover el odio, la desconfianza y la intolerancia a todo aquel que se atreva a cuestionarlos, pedirles cuentas o exponerlos cuando se equivocan o cuando cometen delitos.

Hemos permitido que la política en México se vuelva un espectáculo de lucha libre chafa, donde personajes dignos de portar una máscara y tener un apodo, así como “Noroña el bocón”, “Monreal el leguleyo”, “Alito el rata”, Marko el inútil”, “Rosa Icela la Impuesta” o “Cuauhtémoc el Violador”, se suban a la tribuna o al pódium de la mañanera con el micrófono en la mano a insultarse unos a otros, aunque, para subirse el sueldo, sí se ponen de acuerdo rapidísimo.

Y nosotros les hacemos eco en las redes sociales, en las reuniones familiares, en las amistades que se terminan por apoyar a personas a las que, francamente, les valemos una pura y dos con sal, excepto cuando necesitan de nuestros impuestos, nuestros votos o nuestro silencio y complicidad.

No me gusta lo que somos con Morena, pero tampoco me hago ilusiones sobre “la oposición” que solo se preocupa por mantener sus privilegios, dar espectáculos patéticos en las cámaras y en las calles sin el menor asomo de autocrítica o de madre.

Como ciudadanos, lo único que nos queda es recordar que ningún político tiene interés en salvarnos y comenzar el complicado trabajo de reparar y restaurar el tejido social, para poder hacer frente a toda la panda de gaznápiros que, desde hace décadas, se han adueñado del poder en nuestro país (ya ven que nomás cambian de partido, pero siguen siendo los mismos) y arrebatarles la narrativa para revertir ese discurso de odio que tan rentable les ha resultado.

Es nuestra responsabilidad, porque ellos no lo van a hacer por nosotros y ya nos ganaron la primera caída.

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