Se me hizo fácil 11-12 de julio de 2025

Se me hizo fácil

11- 12 de julio de 2025

Por Ángel Dehesa Christlieb

 

Cuando era un joven escolapio, en mis clases de Ciencias Naturales, me explicaron que todas las células del cuerpo humano se reproducían, excepto las neuronas, cuyo número disminuía con cada golpe que nos dábamos en la cabeza.

En un afán de preservar mi limitada dotación neuronal, gestioné con mis padres, sin éxito, la adquisición de un casco de futbol americano, el cual portaría siempre, incluso al bañarme porque, aunque mi apariencia es la de un bailarín de ballet con reflejos felinos, la verdad es que mi coordinación motriz es más como la de un oso de gitano, previamente embriagado con vodka genérico

Afortunadamente para mí y para la salvación eterna de mis progenitores, los avances de la ciencia han demostrado que las neuronas sí tienen capacidad de reproducirse, además de formar nuevas conexiones, dependiendo de los retos o tareas que uno les requiera coordinar, tales como aprender a tocar un instrumento o a pintar al óleo.

Ahí está la clave, el cerebro crece y se diversifica según las experiencias que viva y la repetición de las mismas, pero, hay cosas para las que nunca estaremos preparados.

Una de ellas es la pérdida de un padre o madre, cosa que, en teoría, solo podemos vivir dos veces en la vida, si nos ceñimos únicamente a los progenitores biológicos, aunque, con los nuevos modelos familiares, podemos tener cercanía con personas que no tuvieron que ver en nuestro nacimiento, pero sí en nuestra educación, formación y afectos.

Debido a mi edad y a la etapa de la vida en la que me encuentro, la trascendencia de los progenitores o abuelos de personas conocidas, algunas más cercanas que otras, es cada vez más frecuente.

Por la frecuencia con la que últimamente asisto a Gayosso, a García López o a cualquiera de mis funerarias de confianza, además de que los del valet ya me conocen por mi nombre de pila, checo detenidamente la pantalla de las capillas, no solo para saber en cuál de ellas está la persona a la cual vengo a despedir, sino para ver si, de casualidad, no hay otro conocido que me permita aprovechar más el desplazamiento realizado.

Hasta ahora no ha ocurrido, pero no lo descarto.

Más allá del humor que uno pueda usar para defenderse de estas situaciones, lo cierto es que nada en la vida nos prepara para ellas y solo el apapacho, la solidaridad y el cariño pueden paliar, en parte, lo feo que se siente la partida de alguien que nos amó y al que amamos.

Todo mi cariño a Rodrigo, a Marta y a sus hijos Andrés, Marina y Diego (el cual, cuando termine su carrera de futbolista, podrá triunfar como crooner, con su recién adquirida voz de barítono), por la partida de su madre, suegra y abuela María Alicia.

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