Se me hizo fácil 14 de noviembre de 2025

Se me hizo fácil

14 de noviembre de 2025

Por Ángel Dehesa Christlieb

Al principio solo sentí el golpe seco del dedo de mi pie contra la madera, después mi adormilado cerebro comenzó a registrar lo ocurrido y, poco a poco, un dolor punzante, como teléfono ocupado, comenzó a subir de mi pie a mi cerebro.

Por respeto a mi compañero de habitación, yo mordía una toalla de alberca, mientras reprimía el impulso de gritar imprecaciones dignas de mi extracción jarocho-alvaradeña y renegar de la existencia de un Dios que permite que me pase esto.

El infierno es un lugar oscuro, donde andas descalzo y hay muebles pesados, con patas de madera que acechan, en espera de los dedos de tus pies.

Lo sé, porque ayer, cual nuevo Dante, sufrí un doloroso encuentro con la cajonera de mi cuarto de hotel, del cual queda como testimonio el bonito color obispo del dedo central de mi pie derecho.

No sé si alguno de mis lectores ha experimentado algo semejante, ocurre de noche, cuando la gente de mi edad y condición se levanta a una de las, aproximadamente, tres micciones nocturnas que requiere durante la noche.

El riesgo aumenta exponencialmente si consideramos el estado de somnolencia del sujeto, la reticencia a prender la luz para no despertar al sufrido compañero de habitación y, por supuesto, la poca o nula familiaridad con la distribución del menaje de una habitación que no es la propia.

Si a esto le aumentamos que, la noche de anoche, en la Reunión Anual de Salud Pública, se llevó a cabo la “Noche Bohemia” en la cual un servidor dejó buena cuenta de su capacidad pulmonar, entonando a grito MUY pelado aquella de “Que te ruegue quien te quiera” y “Con todos menos conmigo”, pues el cansancio era grande y el estado de indefensión, crítico.

No, mi estado etílico era inexistente

Desde hace muchos años, por decisión personal y falta de gusto por el alcohol, yo no bebo o, si lo hago, es algún coctelito con sombrilla o media copa de vino para brindar.

Así es que ahí estaba yo, soñando que me habían contratado (con un cheque postfechado) como conductor de “La Mañanera del Pueblo”.

Iba a ser un karaoke masivo, en el cual Claudia Sheinbaum comenzaría dedicándole a AMLO aquella de “si una vez dije que te amaba, hoy me arrepientoooo”, seguida por Adán Augusto, interpretando la de “Soy un truhán, soy un señor”, continuando con las Madres Buscadoras dedicándoles a García Harfuch y a Gertz Manero la de “Rata de dos patas” de Paquita la del Barrio, enfatizando lo de “me estás oyendo, inútil” y, para cerrar, desde “La Chingada” para el mundo, Andrés Manuel, con la de “y volver, volver, volveeeeeer”.

No me pregunten, se me hace que los hongos de la cena no eran champiñones.

Aproximadamente a las cuatro de la mañana, mi vejiga, la verdadera dueña de mis quincenas, exigió atención.

Me levanté, nomás eso, porque despierto no estaba, y, vacilante, cual estrategia de seguridad nacional, caminé hacia el baño.

Llegué, no bajé el pantalón de mi pijama, porque yo (para zozobra de mi roomie y por si a alguien le interesa) duermo a raíz.

Me senté para que todo terminara donde debía terminar, concluí, me levanté (no, no me lavé las manos, tenía sueño) y emprendí el regreso a mi cama.

Fue entonces cuando la cajonera, de pesada construcción, con afiladas esquinas, decidió intervenir.

Hoy, mi dedo parece una berenjena y el dolor está presente, como mensaje de buzón tributario.

Angelito sufre.

Es viernes, si les toca y hay con quien y, para los se mi rodada, si hay con qué… pues dénse.

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