Me lo hago fácil 12 de enero de 2026

Me lo hago fácil

12 de enero de 2026

Por Ángel Dehesa Christlieb

¿Qué creen?

Yo tenía toda la intención de escribir el viernes, hasta me levanté temprano para ir al banco, porque gracias a todos y cada uno de ustedes (y a mí), ya estoy casi del otro lado, financieramente hablando, pero lo más importante, estoy absolutamente convencido de que voy a salir de todo esto fortalecido y feliz.

La vida tenía otros planes.

Antes de ir al banco me escribí una carta, en la cual me agradecía y agradecía a cada una de las personas que me quieren (que son muchas) y a las que yo quiero (que son más).

Comprendí y así lo escribí, que ese dinero que iba a pagar no se perdía, solo fluía, como se supone que el dinero debe hacerlo y volverá a mí, multiplicado, cada vez que lo necesite, porque, aunque, a veces no lo quiera ver, nunca en la vida he pasado hambre, ni me ha faltado un techo donde dormir y, sobre todo, he adquirido y mantengo las habilidades para poder ganarme la vida a la par de disfrutarla.

“Sale ¿pero por qué no escribiste?”, dirán ustedes, mientras se muerden las uñas, llenos de angustia, después de haber pasado un fin de semana rezándole a la Virgen de los Siete Puñales.

Ya les dije, la vida tenía otros planes.

Llegué del banco, me di una vigorizante ducha y, mientras salía con la toalla cubriendo mis partes íntimas, con el torso descubierto (que no desnudo, porque soy peludo como Manny, el mamut de La era del hielo), por la ventana de mi recámara, que está en un segundo piso, vi una familia de pájaros, sentados en una rama del árbol de magnolia que está en el jardín.

Me quedé contemplándolos y reflexionando sobre lo afortunado que soy.

¿Y saben qué?

Por primera vez, en mucho tiempo, no me sentí mal por usar mi valioso tiempo para mirar a los pájaros y a las telarañas que había en la magnolia.

Poco a poco, elimino de mi mente y de mi alma esa engañosa y perjudicial sensación de culpa, de enojo y de fracaso que siento cuando no “produzco” o no hago mi “entregable” para el día.

Cumplo, eso sí, con mis obligaciones y compromisos de la mejor manera posible, pero también reevalúo cuáles de esos compromisos realmente valen la pena, cuáles son auténticamente míos y cuáles no me corresponden, no me sirven o, simplemente, ya no quiero hacerlos de la manera en la que se me habían impuesto, la cual yo, hasta ahora, había aceptado.

Levanto la mirada de la pantalla de mi computadora y me concedo, gozosamente, la oportunidad y el permiso de voltear a ver las “cosas simples” y, aparentemente, “irrelevantes”.

Habiendo visto lo que he visto estos últimos meses, estoy convencido de que cualquier persona que siente que su vida es demasiado “urgente” (que no es lo mismo que “importante”), como para no apreciar las “pequeñas cosas” que la vida ofrece, no va por buen camino.

A lo mejor llega a gobernar un país, a amasar una fortuna considerable, a ser reconocido y admirado por la sociedad e, incluso, a tener lo que muchos considerarían “el éxito”.

Pero…

Cuando a esa persona le llegue el momento inevitable de despidirse de este mundo, plano, dimensión o como quieran llamarlo, si todavía le queda algo de humanidad, sentirá una punzada de arrepentimiento en su corazón.

Si le queda algo de humanidad, repito, porque hoy sé que, así como el cuerpo en el gimnasio, la empatía, el autocuidado, el amor por uno mismo, la capacidad de hacer el bien y de apreciar la vida, son habilidades que pueden mantenerse únicamente a través de un ejercicio continuo.

Veo a Trump, a Claudia, a Noroña (que ya nos advirtió, desde su camota en el avión, que no podemos usar su nombre “en vano”, so pena de ser blanco de su “rasho” vengador), a Maduro, a Putin, a Jinping y a tantos y tantos seres que eligen vivir esclavos de un poder que, aparentemente, ejercen, pero que, en lugar de liberarlos o ayudarlos a crecer, los deshumaniza cada vez más.

Yo no comulgo con esa manera de transitar la existencia.

Por eso, cada vez que la vida altere mis planes, con una familia de pájaros en un árbol, con la invitación de mi sobrino a jugar con los perros, con la fugaz presencia de un amor que llega y se va, pero siempre está en mi corazón, con la cálida manifestación de la amistad y el cariño de parte de tantas y tantas personas, yo atenderé el llamado y, al hacerlo, reafirmaré mi convicción de que la vida es para vivirla y de que yo elijo vivirla en mis términos.

“¿Y por qué publicas hasta tan tarde si ya es lunes?” insistirán mis lectores.

Porque hoy lunes, la vida también tenía otros planes.

Hoy la vida planeó (con mi decidida colaboración), que se me cayera mi tableta y se le atorara el botón de encendido, con la consiguiente sesión de autoflagelación y elaboración de lo que mi hermana Juana Inés (compren su nuevo libro “Furia”) llama “Full Mental Jacket”.

Ya luego me calmé y les cuento que esta desagradable situación me dio la oportunidad de salir de mi casa y conocer una tienda de reparación, atendida por un muy simpático y servicial técnico llamado Carlos y, además, pude desayunar rico en lo que me daba mi diagnóstico.

La tableta tiene arreglo y gracias a mi trabajo, tengo para pagarlo.

Gracias a la vida, a Carlos y a mí.

Feliz lunes para todos, los quiero mucho y espero que, así como a mí, les queden muchos pájaros y telarañas por mirar y, sobre todo, que tengan la voluntad y el buen tino de elegir mirarlos.

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