Me lo hago fácil
30 de enero de 2026
Por Ángel Dehesa Christlieb
Vamos llegando al primer puente del año, uno que nos cambia la Constitución por tamales y, francamente, para el estado en el que están dejando nuestra carta magna, yo creo, sinceramente que los tamales me son más útiles en este momento.
Planeo dedicar mi fin de semana largo a no hacer nada por las mañanas y a descansar por las tardes.
Tengo algunos libros por leer, entre ellos uno que se llama “Las Canciones de los Árboles: Un viaje por las conexiones de la naturaleza”, de David George Haskell, un loco maravilloso que recorre el planeta y cuenta la historia de doce árboles, a los cuales mira y escucha con detenimiento, para documentar lo que cada uno “canta”.
La tesis central del libro es que, a pesar de que los árboles que visita Haskell están separados entre sí por muchos kilómetros, uno en la selva amazónica del Ecuador, otro en un parque en Tokio y otro más en el desierto de Marruecos, todos están conectados por la maravillosa melodía que emite nuestro mundo a través de los seres vivos que lo habitamos.
O sea que, de alguna mágica y misteriosa manera, tú, yo y todos los seres humanos también estamos ligados con esos árboles, con esa mariposa en tu jardín y sí, hasta con esa cucaracha que sale de la coladera de tu baño y pasea por el azulejo.
La lectura de este libro me hace entender que, por más que a los humanos nos dé por pensar que nosotros llevamos la batuta en la sinfonía de la vida, la verdad es que somos solo una pequeña parte de ese hermoso concierto que, gracias a nuestra arrogancia, pequeñez de alcances y obstinación por no creer sino en aquello que podamos medir, empaquetar, vender o percibir con nuestros limitados sentidos, nos hemos privado de escuchar y disfrutar.
Me queda claro también que, debido a la manera en que los seres humanos nos comportamos hoy en día, en la melodía cósmica, somos el “perreo” más soez.
Somos ese músico que es pariente del director y lo ponen hasta atrás con unos crótalos, para que toque en un solo momento y, aun así, la regamos.
Los últimos acontecimientos en temas de desastres naturales, también me indican que a nuestro planeta ya le estamos llenando, literalmente, el buche de piedritas, el mar de plástico y las entrañas de basura.
Está en mí y en cada uno de nosotros el decidir qué sonido y papel queremos jugar en esta orquesta del mundo, algo cacofónico y horrible o, mejor, una melodía linda, suave que, a pesar de que pueda parecernos muy bajita frente a los horrores amplificados de personajes como los Transformers de cuarta, Trump, los criminales y demás ejemplares de monstruos electos que tenemos, puede y debe volverse parte de un coro que, aunado a las canciones de los árboles, del mar, del viento y del sol, nos devuelva esa paz que, con vocación digna de mejor uso, nos hemos ido negando día con día.
Termino este texto de viernes felicitando a mis amigos Leo y Lor (sus nombres quedarán ocultos, pero no su amortz), quienes, después de mucho tiempo de cohabitar juntos “como animalitos”, diría mi abuela, decidieron que sus melodías son afines, que se aman y quieren compartirlo y se van a casar y yo, desde aquí, les mando besos, abrazos y la certidumbre de que van a ser felices, porque se escuchan y porque se cantan el uno al otro.
Lor… are you sure?
Es viernes, si les toca disfrútenlo
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