Se me hizo fácil: De milagros y maravillas

 

 

Se me hizo fácil

24 de diciembre de 2024

Por Ángel Dehesa Christlieb

De Milagros y maravillas

¿Qué tanto espacio dejo en mi vida para los milagros?

En 2023, Aaron Rodgers, mariscal de campo de los Jets de Nueva York, se lesionó severamente en el primer partido de la temporada.

La lesión fue en el tendón de Aquiles y Rodgers tenía en ese momento 39 años, lo cual hacía que el pronóstico fuera, mínimo, perderse toda la temporada y estaba por verse si podría volver a jugar.

Rodgers declaró en un podcast que le había dicho a sus doctores: “yo quiero estar en el campo de entrenamiento para el 2 de diciembre, mi cumpleaños 40 y, si llegamos a la postemporada, yo voy a estar listo para jugar.”

Los médicos, basándose en la evidencia que tenían frente a ellos, le dijeron que eso era imposible y que sería mejor tomárselo con calma y no presionarse con metas imposibles.

Rodgers contestó: “ya conozco el pronóstico, quiero dejar espacio para lo milagroso”.

El tiempo fue pasando, Rodgers continuó trabajando en su rehabilitación y pudo presentarse a entrenamientos limitados para su cumpleaños y, si los Jets hubieran llegado a postemporada ese año, todo indica que habría estado listo para jugar.

El milagro ocurrió.

Sin duda fue gracias al trabajo, la dedicación y la determinación que Rodgers le puso a su rehabilitación, pero también estoy seguro de que su convicción de que era posible, de que los milagros existen, jugó un papel igual de importante para lograr el resultado que quería.

Me puse a pensar (lo cual ya resulta un milagro).

A mí no me basta la muy arrogante convicción de los seres humanos de que solo lo que podemos percibir con nuestros limitados sentidos existe, de que solo si lo podemos enlatar, medir o explicar es posible, de que la “ciencia” entendida como el resultado obtenido a través de una serie de procesos rígidos e inmutables es la única forma válida de ver el mundo, de cuidar nuestra salud y bienestar o de ser “prácticos y productivos”.

Cualquier científico que realmente quiera entender su disciplina tiene, por fuerza, que asumir que hay límites en su entendimiento, que debe adaptarse a las circunstancias y no pretender que las circunstancias se adapten a las leyes enunciadas por humanos, que son falibles y pueden quedar caducas en un momento, si la naturaleza, la vida o las condiciones cambian.

¿Qué habría pasado si Alexander Fleming hubiera limpiado sus muestras contaminadas por el hongo penicillium en lugar de darse el tiempo de examinarlas?

¿Por qué se contaminaron las muestras con penicillium y no con cualquier otro hongo?

¿Qué habría ocurrido si Arquímides, al ver cómo el agua de su tina se derramaba hubiera pedido que trapearan (estoy seguro de que los griegos ya tenían jergas), en lugar de gritar ¡eureka! y entender por qué los barcos flotaban?

Esos milagros son propiciados y complementados con la preparación y el trabajo, pero, sobre todo, por la convicción y humildad para asumir que pueden ocurrir en cualquier momento y de formas inesperadas.

Nos toca estar listos, con el corazón y la mente abierta para reconocerlos, aprovecharlos y compartirlos.

Y no solo son los científicos quienes tendrían que entenderlo.

Si yo aspiro a una vida plena, a no sucumbir al mundo que hoy me rodea, polarizado y separado por odios, desconfianzas y resentimientos (¿a quién le convendrá tenernos así?), quiero, necesito y me urge hacer espacio para los milagros.

Por eso, yo veo y experimento milagros cada día:

Tocar una canción en el bajo o la guitarra después de practicarla una y otra vez gracias a mi esfuerzo y al de pacientes (muuuy pacientes) maestros, que se han vuelto también mis amigos.

Ver a y verme en los ojos de una mujer excepcional que me ama y que amo, un milagro que se mantiene con el trabajo, la comunicación y la confianza, las cuales se plantan y se cosechan cada día.

Tener a mi familia, la de sangre y la de amor, que van y vienen, pero siempre están presentes porque yo estoy presente, el milagro y la oportunidad de decirles y de escuchar “te quiero”, “aquí estoy”, “te abrazo” cuando pasamos por momentos difíciles o nomás porque nos nace.

Establecer cada día esta comunicación contigo, que me lees desde hace meses o que lo haces hoy por primera vez, tener manos y cabeza para poner en papel lo que pienso y lo que siento y esperar el milagro de poner una sonrisa en tus labios, una lágrima en tus ojos o un pensamiento en tu mente.

Poderme reír de mí mismo y de la vida, en las circunstancias más graciosas, pero también en las más difíciles porque, milagrosamente, entiendo que la mejor forma de ser gracioso es no pretender serlo y que el humor verdadero, el que me sirve y me salva, es tierno, es sanador y puede ser irreverente, pero nunca doloso, insultante o hiriente.

Cometer errores y tener la claridad y disposición de aprender de y de crecer gracias a ellos

Perdonar y pedir perdón cuando las circunstancias lo ameritan, sin por ello ser un santo ni una persona débil o frágil, sino todo lo contrario, porque quien perdona aplaca su espíritu y quien pide perdón es más fuerte por reconocer su equivocación y buscar corregirla.

Reconocer mi derecho a enojarme y usar ese enojo el tiempo necesario para poner límites, soltándolo cuando ya cumplió su propósito.

Llorar y abrazar mi tristeza cuando sea necesario y entender que “todo pasa y todo queda” y que se vale no sonreír todo el tiempo y cuidar de mi corazón antes que todo.

Tener ojos para ver la belleza y poder reconocer estos y todos los milagros que vengan a mi vida y poseer la certeza de que los más grandes están aún por venir y quiero trabajar para estar listo, en cuerpo, alma y espíritu, para reconocerlos, aprovecharlos, agradecerlos y compartirlos.

Ojalá me lo permitas.

Es 24 de diciembre de 2024

Son días de milagros y de maravillas.

Gloria a Dios en las alturas y en la Tierra paz a los hombres y mujeres de buena voluntad.

Un abrazo para ti y los tuyos

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